Confidencias de un escritor-editor. Alberto Ruy Sánchez (México, 1951)

alberto-ruy-sanchezAlejandro Silva Solís reseña el libro “La Página Posible”, de Ruy Sánchez para abrir el compás de sus significados.

 

 

Alberto Ruy Sánchez. Confidencias de un escritor-editor
Alejandro Silva Solís

Alberto Ruy Sánchez, La página posible, México, Auieo Ediciones, 2011, 79 pp.

alberto-ruy-sanchezCuando escuché en un programa de radio el título La página posible y lo que de él se decía, imaginé que sería un manual sobre cómo diseñar y editar la mejor página posible. No lo es. Con todo, es la confidencia del editor y escritor Alberto Ruy Sánchez de su pasión por uno de los oficios a los que ha dedicado su vida, la edición, desde que veía en el tipómetro de su padre –ilustrador de libros y revistas– “la llave de una puerta secreta, de un ámbito especial y maravilloso. El ámbito de la página […]” (11) hasta nuestros días en que dirige la editorial y la revista Artes de México.

En el primer capítulo, “La página: entrada firme a lo indeterminado  –Defensa de la edición–”, Ruy Sánchez lista definiciones de editar; de entre ellas, me quedo con las siguientes: “[…] mi padre me enseñó que editar es aprender a leer y escribir otro lenguaje, el lenguaje de la forma” y “editar es recuperar el viejo significado de la palabra impresa: en los libros de caballerías [es] lograr lo que parecía imposible” (12 y 14).

No es arriesgado afirmar que en cada uno de los siguientes capítulos: (La página posible –Defensa del diseño, La página y la palabra –Defensa de la legibilidad, La página que es máscara del libro –Defensa de la portada, La página en Artes de México –Defensa de un proyecto, La página tipográfica –Defensa de la letra–y La página mutante –Defensa de lo posible–), al compartirnos los faros de su labor editorial, Ruy Sánchez argumenta a favor de la función liberadora del libro y en contra de quienes lo conciben como un producto cualquiera: “Editar es saber que la cibernética no es enemiga del libro pero que sí puede serlo la tecnología de cobrar impuestos y del comercio monopólico cuando ésta frena o castiga su circulación naturalmente lenta” (13-14).

Por ello, no extraña que en La página posible, amén del texto, llame la atención el diseño y el cuidado editorial. De pasta rústica, su formato es de 11.3 por 17.9 cm La cubierta es un amplio espacio café claro dentro del cual el título y los nombres del autor, la editorial y la colección respiran con libertad; además, el lema de la colección Autoría: Al borde de la página vuelan o caen al abismo las ideas, inicia en la cuarta y termina en la primera de forros, lo que sitúa la A, de la palabra páginA, precisamente en el lomo, cual emblema de la serie.

Otros rasgos relevantes del diseño y la producción del libro son la solapa generosa, las dos guardas negras, las cinco páginas de “¿Notas?” brindadas al lector, y el colofón –¿con forma de lámpara maravillosa?– que incluye los créditos de los diseñadores, los tipos usados en su formación y la prensa plana con que, manualmente, se creó la portada. En los interiores destaca el uso peculiar de las capitulares altas, no sólo creciendo la letra inicial de los capítulos sino la primera palabra; procedimiento que se hiperboliza al comenzar el segundo capítulo nada más con el vocablo “H a c e r […]”, en cuarenta puntos y descolgado en el verso, a fin de que el párrafo continúe en el recto a la misma altura: “[…] páginas bellas y consistentes es un placer tan viejo […]” (16 y 17).

La descripción anterior es necesaria porque La página posible es un ejemplo de que la forma es significativa e influye en la experiencia de lectura; entiendo por forma tanto la selección y combinación de las palabras cuanto el discurso del diseño y los materiales. Por esto, aunque La página posible no explicita textualmente los secretos y estrategias sobre diseño y edición que yo esperaba, sí los encarna en sus páginas.

Cual suaves y ligeros ajolotes, en La página posible palpitan el valor de las palabras y los materiales, la certidumbre de que el diseño puede alentar o asfixiar el sentido, así como el gusto por editar y escribir. Esta diligencia en la hechura del libro se explica porque sus creadores saben que, en última instancia, es el lector quien hace posible la página.

alejandro-silva-solisAlejandro Silva Solís. Estudiante, escritor y corrector. Nació en la ciudad de México en 1975. Estudió letras hispánicas en la UNAM y literatura comparada en la Universidad de Toronto, donde colaboró en Apuntes Hispánicos, revista dirigida por los estudiantes de posgrado del Departamento de Español y Portugués. Ha sido profesor de literatura en preparatoria y universidad, así como corrector de estilo y asistente editorial. Estudia el doctorado en letras en la UNAM —su tesis versa sobre la primera edición de El mono gramático de Octavio Paz—. Líneas de investigación: procesos y lenguajes editoriales, poesía mexicana actual, vínculos entre poesía y edición.