Juan Pablo Brand. Perdón y olvido (México)

brand-juan-pabloHay un viejo debate acerca del perdón y el porvenir. Muchas de las sociedades han sufrido crueles episodios, sanguinarios, bestiales, inhumanos a causa de diferentes banderas, religiones, ideologías, causas injustificadas y criminales, pero han sido capaces de hacer justicia sin venganza, pero ¿olvidar, es saludable?

 

 

Perdón colectivo:
¿Olvido cómplice o recuerdo de la reconciliación?

Juan Pablo Brand Barajas

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¿A dónde va tu mirada Immaculee?
El baño de un metro cuadrado;
siete mujeres callan, comen, orinan, defecan, menstrúan… contienen las ganas de matar.
Noventa días encerradas cuerpo a cuerpo, ahogadas por el clima de Ruanda.
Si creo en la cordura es sólo por ti Immaculee,
que con treinta kilos y la visión de toda tu familia asesinada decidiste seguir viviendo.
¿Es posible el perdón Immaculee?
Tu historia invalida mis intentos por responder.
Mis certezas judeo-cristianas,
mi confortable lugar desde el cual perdono para purificarme y ser feliz,
me parecen ahora inhóspitos.
¿Cómo vivir con tus recuerdos Immaculee?
“Si hubiera tenido una bomba atómica, la habría lanzado sobre Ruanda para matar a todos en esta tierra tonta y llena de odio”.
Así era tu sentir, pero al salir no mataste a nadie.
Me dueles Immaculee,
ya no sé que hacer con esta ira de burgués resentido,
con la inercia al olvido de este entorno imperturbable.
La memoria es tu fortaleza,
frente al  asesino de tu padre,
aún con licencia para escupirle, patearlo y matarlo;
sentiste compasión, hiciste tuyo su dolor y le perdonaste,
no como un acto de limpieza catártica,
sino sembrando el germen de una convicción,
recordar para dar testimonio del horror,
recordar para no olvidar tu decisión de no participar de la destrucción.

Sucinto homenaje a Immaculee Ilibagiza, sobreviviente del genocidio en Ruanda.

            Ciento setenta millones de personas murieron durante el siglo XX en guerras y genocidios, según estimaciones de Rudolph Rummel (1994) en su libro Death by Government: Genocide and Mass Murder since 1900. Es la cifra del horror frente a la cual la imaginación se rinde. Considerando que el área promedio de un cuerpo humano es de 1.7 metros cuadrados, los cadáveres podrían llenar el territorio de la Delegación Tlalpan (municipio de mayor tamaño en el Distrito Federal) en la Ciudad de México. A esto se suman otros daños como las torturas, las mutilaciones o las afectaciones mentales. Solamente en el periodo que duró el genocidio en Ruanda, esto es unos meses del año 1994, se calcula que las violaciones a mujeres pudieron sumar hasta 500,000.
            Dejando de lado las muertes por hambruna y epidemias, los datos anteriores nos hacen pensar la vida humana como algo extraordinario y el estado de bienestar como el oasis de una minoría. La violencia desbordada del siglo XX, particularmente la violencia de Estado, ha impulsado a las sociedades a constituir la primera década del siglo XXI como la escena mundial del perdón (Valcárcel, 2010). Testigos directos o virtuales de horrores de la especie humana, pareciera que preservamos solamente el consuelo de mirar al firmamento y decir “Perdónalos porque no saben lo que hacen”, cuando lo dramático es que los tiranos, crueles, los torturadores, los genocidas, los golpeadores, los maltratadores, los violadores… saben con precisión lo que hacen. La filósofa española Amelia Valcárcel en su  libro La memoria y el perdón y la productora y directora Helen Whitney en su libro publicado este año,  El Perdón. Tiempo para amar, tiempo para odiar, citan diversas voces que coinciden al decir que en la actualidad se ha trivializado el uso de la palabra “perdón”. En medio de “sentimentalismo, de reverencia silenciosa y de lealtad new age acrítica” (Whitney, 2012, p. 25) la palabra ha derivado en un uso de cortesía o un recurso para evadir responsabilidad, al pedir perdón forzamos al otro a perdonar y lográndolo, nuestros actos o palabras parecen borrarse, alcanzando la tan ansiada “pureza”, tan buscada en el cuerpo, el espíritu, los espacios y las relaciones. La pureza es indicadora de salud, por tanto, el enfermo es el impuro, quien sufre algún mal, manifiesta su mácula, seguramente hizo algo que le quitó la salud, pudo haber sido en esta vida o como consecuencia de alguna impureza en su árbol genealógico. De este razonamiento deriva de que “perdonar cura”, mientras que la memoria enferma, a quien recuerda se le denomina “rencoroso” y se le considera como un cáncer que se carcome a sí mismo y en su descomposición libera una fetidez que incomoda a los “puros”.
            Perdonar es un acto muy alejado de la simplicidad, Valcárcel (2010) hace una pertinente cita del libro Sobre la agresión: el pretendido mal, del etólogo Konrad Lorenz, quien desde la contundencia científica afirma que tratar al prójimo como a nosotros mismos “no se nos habría ocurrido jamás por inclinación natural”. Esto es, perdonar, implica romper con nuestro programa genético, de ahí el esfuerzo que conlleva. Agrega Valcárcel: “Los seres humanos, en tanto que animales sociales, son a lo sumo capaces de guardar fidelidad y perdonar las ofensas dentro de un grupo bastante reducido” (p. 71). Por tanto,  personajes como Gandhi, Nelson Mandela o recientemente en México, Javier Sicilia, son seres totalmente anti-natura.
            El riesgo del perdón, es colocarse en una posición de superioridad moral desde la cual se libera a los “culpables” de sus deudas. Se afirma constantemente “X debería pedir perdón…”, en el momento en que el perdón se hace deber deja de ser perdón. Para Derrida, el perdón es tal, sólo si es incondicional, sin coartada, sin una finalidad más allá del perdón mismo. Lo cual complica las cosas, pues la fantasía recurrente es que el perdón puede redimir al otro, puede traer un nuevo orden o recuperar el perdido, puede traer la paz… supuestos que no suelen cumplirse.
            Cuando se trata de daños colectivos, lo que desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, se denomina “crímenes contra la humanidad”, uno de los grandes debates es quién está legitimado para ofrecer el perdón. La mayoría de las opiniones confluyen en que sólo las víctimas pueden perdonar, pero surgen diversas polémicas como si se puede perdonar a nombre de los muertos, o cuando se trata de cientos de miles o millones de víctimas: ¿quién les representa? o ¿el perdón de unos puede ser interpretado como el perdón de todos?
            Valcárcel (2010) coloca otro tema central en la palestra de la discusión, el de la memoria asociada al perdón. Cita una controvertida afirmación de Jacques Ellul “el mundo lo perdona todo cuando se triunfa”, agregando que el nazismo es horrible “porque ha sido vencido” (p. 136). Fuertes y contundentes palabras que nos llevan a una profunda reflexión sobre la construcción de la memoria colectiva, sobre lo que se conserva y lo que se olvida; sobre el valor de los contenidos transmitidos por vía oral y por vía escrita; sobre los asimilados, los moderados y los radicales de esa memoria; sobre el lugar de la memoria en la construcción de la identidad. Cuando el representante de un Estado pide perdón a nombre de un país, como sucedió en 1970 con la genuflexión del canciller de la Alemania Occidental, Willy Brandt, frente al monumento en honor de las víctimas del Gueto de Varsovia, caben preguntas sobre que pasa con la memoria colectiva ¿se pretende el olvido de los eventos vergonzosos?, ¿quién tendría que olvidar, las víctimas, los victimarios, todos?, ¿quizá la búsqueda del perdón conlleva siempre una coartada?, ¿se busca reconciliación más no necesariamente el olvido?
            Valcárcel afirma que todos pertenecemos a la estirpe de Caín, para ella, ningún ser humano “obra mal” sin saber que lo está haciendo. Todos portamos la marca de al menos un mal hecho con premeditación en algún momento de nuestras vidas, de ahí que desconfíe del ser humano individual como detentor del poder para repartir culpas y perdones. Considera que conciente de la marca, el ser humano debe intentar “por los medios que razonablemente posee, evitar que se propague” y el mejor medio serían instancias supraindividuales “que nos reaseguren de cuentas, saldos y perdones” (p. 142). Es decir,  coincidiría con la creación de estructuras como las Comisiones de la Verdad y la Reconciliación, donde las partes implicadas presentan sus argumentos y son representantes de la  sociedad quienes emiten un veredicto o el perdón.
            El tema es de una gran complejidad, coincido con Whitney (2012) cuando afirma que el perdón es uno de esos temas asociados al “dolor de relacionarnos”, las vinculaciones humanas tienen tanto de amor como de dolor, para conservar uno o curar lo otro, forzamos nuestra naturaleza a humanizarse  a cada momento. Obviar nuestra humanidad es un gran error, no está dada, la debemos afirmar a cada instante, lo cual requiere de una convicción por la convivencia y el bien común.  Sin embargo, el hecho de que nos humanicemos no implica que los demás lo harán, por tanto, nuestra convicción siempre estará siendo golpeada por acciones de otros y difícilmente podemos afirmar que nunca recurriremos a la violencia. Probablemente conozcamos nuestro límite hasta que éste llegue, pues la barbarie suele golpear en lo más íntimo: la seguridad, la confianza, la propiedad, las creencias, la salud, la vida…  Es por esto, que nuestro recurso más valioso para no llegar a este límite sea la memoria, la cual nos permite reconocer el germen de la tiranía. Sólo recordando podemos cuidar que nuestro olvido no se vuelva cómplice de crímenes contra las personas, las comunidades y la humanidad.

 

Referencias

Rummel, R. (1994). Death by Government: Genocide and Mass Murder since 1900. London: Transaction Publisher.
Valcárcel, A. (2010). La memoria y el perdón. España: Herder.
Whitney, H. (2012). El Perdón. Tiempo para amar, tiempo para odiar. México: Vergara.

 

 

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