La Verruga. Jotamario Arbeláez

jotamarioYa es conocida la vena narrativa del poeta colombiano, heredero casi exclusivo del nadaísmo. Ahora nos descubre sus aficiones a la magia.

 

 

 

La verruga
Jotamario Arbeláez

        En un tiempo estuve dedicado de lleno a la hechicería, a la nigromancia, al ocultismo y la magia negra.

        Quería que mis deseos, pretensiones y hasta caprichos tuvieran cumplimiento inmediato,  y no esperar a graduarme para comenzar a buscar futuro.

        Había leído deslumbrado Las clavículas de Salomón y las Centurias de Nostradamus y me había sumergido en las vidas alucinantes de Simón el Mago, de Apolonio de Tiana, de Cornelius Agrippa, de Merlín, de Paracelso, de Cagliostro, de Eliphas Levy, de Papus y del Conde de Saint Germain.

        Me hice amigo, por otra parte, de un cura de la parroquia de Santa Rosa que en sus ratos libres se entretenía practicando las artes maléficas, y las aplicaba conmigo para hacer efectivas mis anheladas conquistas de vírgenes necias, untándome todo el cuerpo con un bálsamo compuesto de elementos viscosos, de los cuales recuerdo los nombres mas no la fórmula, para que no vayáis a caer en la tentación de imitarme y salir pifiados: engrudo de cardamomo, acónito, belladona, cicuta, ruda y eneldo, enjundia de gallina y baba de perro negro.

        Estudiaba por entonces el cuarto de bachillerato en Santa Librada,
        donde a todos maravillaba por mis facultades extrasensoriales producto del acceso al conocimiento secreto.

        Sabía por ejemplo lo que me iba a contestar cada persona a cualquiera de mis preguntas, y si quería que me diera otra respuesta cambiaba el énfasis y tal cual término.

        Igualmente para las argumentaciones más difíciles tenía un recurso que consistía en el retorcimiento del argumento, lo que dejaba sin juego al opositor ya fuera profesor, abogado o acreedor.

        Nunca perdía una partida de ajedrez jugándola con una sola mano y nadie me ganaba haciendo carambolas de retro y en los lances de dados el punto menor era el 5-5.

        Todo el mundo pagaba mis consumiciones casi sin darse cuenta ya fuera en el bar, el casino, el restaurante.
Si bien nunca logré adquirir la facultad de la metamorfosis para entrar en forma de gato a cualquier casa y una vez en el cuarto de la requerida convertirme en el perro que era, sí dispuse de la telepatía que me permitía contactarla en conciencia y espíritu a media noche y en su cuerpo astral zamparle mi corrientazo.

        Con X grado de concentración óptica podía ver la ropa interior de la chica que tenía enfrente, otra de mis gabelas solicitadas y gracias a Lucifer concedidas.

        Al principio era una delicia, pero a la larga se me fue volviendo un tormento. Muchas ni siquiera usaban calzones. Dejé de ir a la casa para no enfrentarme a mi mamá y mis hermanas.

        Un día me apareció, a la altura de la segunda falange del dedo índice de la mano derecha, muy a la vista de mis amigas que hacían muecas de temor y de desagrado, una pequeña verruga que fue creciendo hasta alcanzar el diámetro de la cabeza de una tachuela y no pude hacerla desaparecer ni restregándola con piedra pómez, frotándola con ajos, ungiéndola con baba de caracol ni calcinándola con nitrato de plata.

        Supuse que podría ser obra de un endiablado minúsculo que se moría de la envidia por mis poderes y me querría aplicar el mal de ojo.

        Entonces acudí a mi libro de Opalski el Mago –que compré en la plaza de Santa Rosa en una edición rústica española–, al que le puse toda la fe que había perdido para cosas más venerables.

        Allí encontré el secreto infalible para desaparecer las verrugas, remitido al Papiro de Ebers: se tomaban tres pequeñas piedras de río que se agitaban como dados contra la oreja, se iba hasta un sitio por donde no se volvería a pasar en la vida y se arrojaban con toda la fuerza, mientras se pronunciaban las palabra mágicas Hac pak, ensalmo que también protegía de las mordeduras de perro.

        El lugar elegido fue una casa lujosa al pie del río Pance, donde a todas luces nunca tendría chance de entrar. A su alrededor crecían sobre boñigas de vaca los hongos alucinantes, a los que me tocaría renunciar.

        Para mayor seguridad, al otro día viajé a instalarme en Bogotá. Ese mismo día en el bus Galaxia de la flota Magdalena descubrí que la verruga había desaparecido.

        Pasaron cincuenta años y mis dedos capitalinos hicieron todo lo que tenían que hacer sin el fastidio de la verruga.

        Hasta que alguien se acordó de que yo hacía poemas y fui invitado con toda la pompa a mi ciudad natal a leerlos en un festival de cultura. Asistí con todo el entusiasmo de mis años de nigromante.

        Con la diferencia de que hace tiempos corté con las prácticas hechiceras, con lo que logré salvar el alma empeñada, desde que en la capital me lié con una maga por quien perdí la conciencia y los superpoderes adquiridos con tanto esfuerzo para risas de mis amigos que comentaban con sorna: ¡Qué tal el pobre de Jotamario, tras de marihuanero ‘enyerbao’!

        Tras liberarme de la Circe, por la intervención de San Nicolás y del Padre Eterno,  y de la especie de animal en que me había convertido, antes bien me he entregado a un misticismo galopante con ligeras referencias al erotismo tántrico, que ha sido del mejor recibo entre damas de cierta alcurnia.

        Después del recital ante un público más que selecto y parco en aplausos, me encontré debatiendo con una de ellas acerca del fin del mundo anunciado por el calendario maya y le dije que estaba seguro de que de ésta no pasábamos.

        Que lo mejor que podíamos hacer era lo que sabemos, ante un mundo que daba todas las trazas de terminar hecho trizas.

        Parece que estuvo de acuerdo porque me invitó a que la acompañara a su casa.

        En su Audi blanco Q7 llegamos en un volar a su residencia de Pance. ¡Qué casona, Dios mío, y qué mujerona! Me hizo ver el fin del mundo por anticipado. Después de lo cual convine que este mundo no tiene por qué acabarse.

        En la mañana creí distinguir en el jardín tres piedritas redondas, recubiertas de lama verde. Extrañé los hongos sagrados, como si esa noche me los hubiera comido todos.

        Y en el Airbus 330 de Avianca de regreso a Bogotá descubrí con pánico que me había vuelto a aparecer la verruga.

 

 

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