Eduardo Langagne (México, 1952) por Eduardo Casar (México, 1952)

langagne-eduardoParentalia Ediciones ha puesto a circular pequeños cuadernos o plaquettes con lo mejor de cada poeta que eligen. “Trenes”, de Langagne, es el motivo de esta nota.

 

Sobre Trenes, de Eduardo Langagne, Parentalia ediciones, Colección Fervores, México, 2010, 19 pp.

Eduardo Casar

casar

Eduardo Casar

Revisando, veo los libros que tengo de mi tocayo Langagne: Donde habita el cangrejo, en la edición de Casa de las Américas de 1980 y en la de Premia de 1982, Crónica de la conquista de la nueva extraña, del 81; Los abuelos tercos, del 83; Para leer sobre un tambor, de Boldó i Climent, del 86; Tabacalera, del 92; Al otro lado del mar, del 94; Cantos para una exposición, del 95; El árbol blanco, del 2004; Lo que pasó esto fue, del 2009.

Lo consigno solamente por presumir. Siempre me ha gustado profesarles una admiración sincera a algunos de mis copoetas contemporáneos, como Jorge Boccanera (quien también ganó el Casa de las Américas); o Víctor Manuel Cárdenas, nacidos todos nosotros en el 52. La reflexión sobre cómo hemos ido obedeciendo a la teoría de la evolución en las fotos la dejo para un ensayo largo y tartamudo.

langagne-eduardo

Eduardo Langagne

La poesía de Langagne es admirable por muchas razones: una de ellas es que ensaya, se arriesga, cambia formatos, se complica, experimenta, se mete en camisa de once mangas porque quiere. Muchos de los poemas de Donde habita el cangrejo no tienen puntuación y se despliegan sobre la tabla surffing del ritmo versioleaje; en otros libros prosifica premeditadamente.

Eduardo, como el viejo Arcipreste, también lleva una guitarra interna en la que se apoya muchas veces para acercar el poema a la canción, además de que escribe directamente canciones, cosa nada fácil, como lo puede testimoniar cualquier poeta normalito que haya querido aventarse al ruedo escénico: una vez Alma me aventó, me encerró imitando a la mujer de González Bocanegra, con la advertencia de que no saldría hasta que hubiera escrito una canción, tú puedes, cómo no vas a poder, si te salen poemas tan bonitos, y el resultado fue un largo poema metafísico de más de seis cuartillas incantables.

Langagne es un poeta que sí sabe, y mucho, de métrica, y de poesía popular, de repentismo y rima, como el Mardonio Sinta de Francisco Hernández, como el Góngora autor bifronte de los romances y del Polifemo. Es un hombre de radio y lira, promotor e inventor de proyectos culturales y de iniciativas editoriales necesarias y sensatas. Y esto, aunque parecería que es algo aparte de su producción poética, no lo es. El tipo de funcionario público que es Langagne no sería posible sin su sistema nervioso poético. Y al mismo tiempo sus poemas gozan de la lucidez y la visión de conjunto que le da su vita activa y profesional.

Me impresionó de plano la lectura de Trenes. El primer poema: “ha sido una gran pena que este amor se termine”, me pareció que era todo el libro. Luego, en la relectura he vislumbrado el sentido de “Yo era un niño”, que lo considero otro poema, y de “Hace dos mil quinientos años”. Y es que las relecturas reacomodan el sentido: el mismo Langagne se relee cuando cita un poema de Los abuelos tercos:

“hoy aparece el viejo tren de nuevo
sobre oxidadas vías
se destruirán los puentes
si el amor hace mella en su acero”.

Encuentro en “ha sido una gran pena” al primer Langagne, nuevecito, con su hoja de parra renovada, incluso en el formato de la no puntuación.
La poesía de desamor es también poesía amorosa. Desde las cantigas (“porque duerme sola el agua amanece helada”) hasta los Veinte poemas de amor que por algo terminan con una canción desesperada, la poesía desamorosa pone el dedo en la llaga: es ella misma la llaga y el dedo que señala la dirección hacia la más profunda intensidad de la experiencia humana.

Hecha esa aclaración para incluir en la amorosa la desamorosa puedo decir que en la poesía amorosa se crean los matices de esa experiencia atroz, desconcertante, eufórica, obnubilante, oscilante, poliédrica, exaltada y exaltante, que es el amor, base de las metamorfosis del ser humano. El amor que nos hace robarnos escritorios de los cuartos de azotea a las dos de la mañana para irlos a regalarlos como tributo a nuestra bienamada. O que nos hace llevar una serenata con una guitarra de tres cuerdas. O dormir en la playa enterrados en la arena.

Qué curioso, tocayo, que encontraste los trenes nuevamente. Me hiciste pensar que mi primer libro yo lo armé sobre el barco como medio de transporte para irse: sobre la idea de que cuando uno ya se piensa instalado aparece en el horizonte, lentamente, la noción de travesía y nos damos cuenta de que solamente andaba sepultada por el agua y, al bajar la marea, sus mástiles emergen. “Todo lo que existe tiene derecho a perecer”, decía don Hegel. Y agregaba Goethe: “Mientras no poseas esto: este muere y renace, no eres más que un triste huésped en esta tierra oscura”.

Los matices del amor: los que lo vuelven vivo; las fílulas, los hondos filamentos. El poema, al poner en juego la sonoridad del canto que muestra más de dos caras del lenguaje y al inventar con metáforas las arterias capilares de la experiencia amorosa, cumple el gran papel social, la importantísima función social, de constituirse como antídoto contra el emparejamiento y la chatura con las que suele presentarse el amor en la televisión: como un ente bipolar que solamente se mueve entre la eternidad y la traición. No sólo en la televisión, por cierto, también en muchas películas y en muchas fotos, y en muchas zonas de nuestra propia memoria desgastada.

La poesía, la forma más sutil y cuidada del lenguaje, la que más juega y pone en juerga y juego, la que más convoca a la integración de lo intelectual con lo sensible, es un instrumento idóneo para intentar la empresa de decir lo que casi no puede decirse casi…

“todos los caminos conducen a la poesía
hay quien no la mira nunca
cuando pasa a su lado sutilmente
o quien se asusta si le sale al paso
como una fiera en el camino oscuro
hay también quien la presiente y la desdeña
porque no está para esas cosas”…

No puedo dejar de mencionar el lugar que le da Langagne al vino en “ha sido una gran pena”: le da su justo lugar de mecha despaciosa para escalar por la columna vertebral y encendernos la nuca de otros modos de ver realidad y lenguaje. Ya la Virginia Woolf  hablaba de esa gota dorada y ascendente que desataba las conversaciones: y es que la poesía es, en cierto gran sentido, el lenguaje cuando está fermentándose y gana otro equilibrio.
Ya he celebrado públicamente estas flaquettes de Parentalia que hacen que pocos pelos pero bien peinados, pocos tigres pero bien fieritos, pocos poemas pero bien escritos, circulen y se lean. Es la gran cosa viajar con una edición que solamente tenga “Muerte sin fin”, o “La suave patria”, o el poema “Besos”, de Segovia, o “La carta en el camino”, de Neruda.

Para terminar quiero decir que dice Langagne en unos versos muy vagones de estos Trenes:

“soy libre cuando canto
quiero decir soy libro
día de celebración”.

 

 

Compartir!



2 comentarios en “Eduardo Langagne (México, 1952) por Eduardo Casar (México, 1952)

  1. Marlene Villatoro

    Eduardo Casar ama la vida, su sintaxis es amena, disfrutable y clara. La manera de escribir sobre el poeta Langagne, no sólo habla del recuerdo
    de una generación compartida, síno también de admiración por el lenguaje
    poético sensible, sin adornos y que por eso es intelectual.

  2. Enrique Jaramillo Levi

    Casar logra entrar perfecto en la médula misma de lo esencial de la poesía, como quien no quiere la cosa, tomando como pretexto la poesía de su tocayo Langagne, digo yo desde Panamá la verde, entusiasmado de saber que ambos sobreviven lúcidos y activos a mis tiempos gratísimos en el DF de los setentas y ochentas de un siglo que ya es historia, cuando los conocí.

Los comentarios están cerrados.