Gabriel Trujillo Muñoz (Mexicali, 1958). La novela como arte en el tiempo

gabriel-trujillo-munozUn ensayo en el que Trujillo, especialista en ciencia ficción, interroga y se cuestiona sobre la vigencia de la novela, cuya principio fundamental es sentar al escritor sin límite de tiempo.

 

La novela como arte en el tiempo
Gabriel Trujillo Muñoz

I
No olvidemos los orígenes de la novela: nace como saga histórica, surge como poema épico, se ofrece como cuentacuentos hilvanando relato con relato, episodio tras episodio. Los mitos primordiales de creación y fundación lo atestiguan. La novela es el gran relato comunitario que liga el mundo de lo divino con el mundo de lo humano, el destino con el accidente, los dioses con los héroes, los percances de los vivos con la inmortalidad de los muertos. Lo que sabemos con lo que ignoramos. Lo que tenemos a nuestro alrededor con los que buscamos fuera de nuestro alcance, más allá del velo de las apariencias.

Poco a poco, la novela se fue independizando, fue poniendo los pies sobre la tierra, sirvió para reflexionar sobre nuestras vidas en común, sobre nuestras batallas ganadas o perdidas, sobre los sueños y pesadillas que nos acosan. Un espejo de nuestras fortalezas y debilidades como seres humanos, de nuestras hazañas y tragedias, de nuestros amores y traiciones.

Desde los griegos, las artes fueron vistas como reflejos de la realidad. Una obra de arte era mejor entre más se parecía a su modelo original, es decir, entre más un drama, una escultura o un relato copiaran la naturaleza de las cosas, las medidas del mundo, las dimensiones de lo real y lo humano, más arte había en tales creaciones.
Lo excelso (la calidad intrínseca y extrínseca de un objeto para reflejar el mundo, un mundo donde lo humano es la medida de todas las cosas) es la ley y lo sublime (la capacidad de otorgarle a una creación determinada un valor mayor que sus partes, un atributo universal tanto para quien lo hace como para quien lo atestigua).
Hacer arte implica el aprendizaje de una tradición en la cual eres mejor artista en cuanto repites al pie de la letra las enseñanzas de tus mayores. El sentido del arte es su propia perfección, la suma de creatividad individual para imaginarlo y el dominio de una técnica para elaborar lo que uno imagina.

Y su resultado es la belleza en sus cualidades de balance, proporción, equilibrio, armonía y composición.
Tal es el arte clásico. Y sus principales herederos: el arte renacentista (siglos XIV al XVI) y el arte neoclásico (siglo XVII y XVIII)

II
A fines del siglo XVIII y durante buena parte del siglo XIX, lo excelso fue substituida por la pasión romántica, que crearía la novela contemporánea en todos sus géneros actuales. La realidad seguía ahí, pero había una emotividad a flor de piel que daría por resultado novelas históricas, de aventuras, de terror, de fantasía pura, de suspenso, de romance trágico, de indagaciones criminales y de ciencia ficción.

El romanticismo implicaba que las cualidades a tomar en cuenta, aparte de la perfección técnica, fueran el dramatismo de la trama, la impetuosidad de sus personajes, la llamada a tomar el mundo sin pedirle permiso a nada ni a nadie. En buena medida, el romanticismo inventa no sólo al escritor que vive de su público lector sino al lector que exige que la historia que le interesa no se detenga. El espíritu folletinesco de la novela es en este siglo cuando se consolida, cuando establece su dominio sobre el gusto de la gente. La novela como objeto de consumo, como best seller.

La contraparte inmediata del romanticismo fue el realismo descarnado que ponía cotos a este desenfreno narrativo con sentido común y personajes ordinarios, comunes y corrientes, que lidiaban con la realidad sin refutarla, sin desbancarla, sin querer ir más allá de la misma. Era un retroceso hacia una narrativa que se atuviera a las reglas establecidas, que no imaginara sino que ilustrara, que tuviera utilidad moral, política o social. La novela como instrumento para educar, para enseñar a comportarse en el mundo sin desentonar.

III
A fines del siglo XIX y a principios del siglo XX, a la excelencia técnica y a la pasión se le agrega un nuevo elemento: la originalidad como esencia de la narrativa de vanguardia.

Es hora de romper con todos los esquemas.

Es tiempo de experimentar con la trama, el lenguaje, la estructura de la novela.
Ha llegado la hora de las vanguardias artísticas y ahora nada está prohibido, nada es ajeno al arte: estamos en el tiempo de la relatividad, del inconsciente, de la evolución hacia formas inéditas de contar, de tramar historias, de crear personajes y situaciones.

Ya no basta con copiar la realidad o con dramatizarla, ahora hay que ser innovador, hay que crear un nuevo arte y, por lo mismo, el concepto de belleza cambia para siempre. Ya no es la meta a conseguir. Ahora lo que importa es que el objeto artístico sea una novedad, que la novela no cuente solamente el mundo o se apasione por el amor, la patria, la aventura misma, sino que cuente las cosas como si fuera el primer día de la creación. La novela como un nacimiento inesperado, como una sorpresa permanente. Incluso para el autor. Sobre todo para su público. Ahora al lector se le epata, se le escandaliza, se le estremece al plantearle situaciones límite, narraciones que no responden a la lógica, a la razón, a lo política o moralmente aceptado.

Es la época del sueño, la ruptura tipográfica, el relato no lineal, el monólogo interior, el juego de palabras, el insulto gratuito, lo irracional como trama.

Un arte de lo marginal, una novela de la incertidumbre que se atreve a romper con todos los tabúes habidos y por haber.

Un arte de vanguardia que rompe los esquemas de lo austero (realismo), lo melodramático (romanticismo) y se vuelve un arte para enterados, difícil, complejo, poco dado a condescender con el gusto de las masas.

IV
Pero esto no impide que las novelas tradicionales no sigan prosperando.
El arte de contar lo que sabemos, lo que experimentamos, sigue vivito y haciendo de las suyas.
Buena parte de la gran novela del siglo XX toma procedimientos de vanguardia para contar historias de vida común, de experiencias compartidas por la humanidad en su conjunto, de los grandes temas de siempre: el amor, el paso del tiempo, la vida en comunidad, la muerte como experiencia individual y colectiva.

En este siglo aparece, también, la noticia de que la novela ha muerto.
Como hoy lo sabemos, es al contrario: cada día se escriben más novelas de todo tipo.
Contar lo que somos, lo que creemos ser, lo que deseamos ser, sigue siendo un ejercicio de la imaginación, un acto de libertad profundamente humano.

Hoy en día, la vida es más novelada que nunca.
Y es que hoy sabemos que todo es materia de novela, no sólo los grandes viajes o los grandes amores.
Que se puede novelar sobre cualquier tópico siempre y cuando sepas contarlo de tal manera que desafíe nuestra imaginación, que cautive nuestra atención, que nos haga viajar con su autor a ese orbe, por más modesto que sea, por más localista que se muestre, que contiene sus propios misterios e intrigas.

V
Para mediados del siglo XX dos tendencias se abren paso:
El triunfo de los géneros literarios como cultura popular gracias a su paso a otros medios como el cine, la televisión y los videojuegos: novela policiaca, de fantasía heroica, de ciencia ficción, de investigación criminal, de amor, de viajes, de exploración interior, de terror y horror sobrenatural, etc.

La aparición de mundos aparte tan reales como la realidad misma: lo virtual y su capacidad de mezclar tiempos y espacios, el pasado, el presente y el futuro, el yo y los otros, la vida real y la vida imaginada. Es la narrativa del DJ. Todo se mezcla en un trance interminable, en un loop de posibilidades siempre repetidas y nunca las mismas. Todo se vale si sabes agitarlo bien.

A ello se añade que lo privado se vuelve público, que lo confesional es el centro de nuestro Big Brother colectivo. La literatura como terapia colectiva, como reality show.
Se mezclan géneros, lenguajes, personajes, pensamientos y sensaciones.
Todo vale pero no todo es valioso.

Todos tienen algo que decir pero no todo es relevante.
Todo llega a todos pero no todo tiene, aunque así lo parezca, la misma importancia.
El arte se vuelve juego, zapping, amalgama, creación confusa, difusa, sin asideros.
Todo está a la vista. Nada se esconde. Pero tampoco nada es original. Nada impacta más allá de sus escasos minutos de fama.

Hoy vivimos la edad del arte derivativo, que necesita de los otros para decir algo propio.
Hoy asistimos al arte narrativo efímero, que siempre es desplazado por la siguiente novedad, por el escándalo mediático que ya viene en camino.

Pero esto lleva a un problema de percepción: si todo se mezcla, si todo se agita, si todo se experimenta (incluso las tradiciones más rígidas, los estilos más anacrónicos), ¿dónde queda el vínculo con el lector que ignora tales conceptos? El concepto y lo experimental, por sí mismo, son creaciones elitistas, minoritarias, académicas. Hablan más a los investigadores (intermediarios) que a los lectores. Y en la democracia de nuestros días, los lectores cuentan tanto como los intermediarios y los autores.

¿Para quién se escribe entonces? ¿Por qué escribimos en todo caso? ¿Para el hipotético lector o para el aún más hipotético yo creador? ¿Qué fin tiene contar historias? ¿Divertirnos? ¿Pasar el rato? ¿Trascender nuestro miedo a la muerte? ¿Escupirle al mundo? ¿Buscar que el prójimo nos quiera? ¿Darle un sentido a la vida? Cualquier respuesta es válida. Cualquier anhelo es legítimo. Lo importante es que la escritura, nuestra escritura, pase a ser literatura. Sea algo más que juntar palabras. Que ofrezca una transmutación. Que sea un conjuro. ¿Para crear qué? Algo bello, dirían los griegos. Algo real, asegurarían los decimonónicos. Algo apasionado, expondrían lo románticos. Algo original, aventurarían los vanguardistas. Algo reciclado, dirían muchos autores contemporáneos. En todo caso: algo que podamos llamar nuestro.

VI
Decía el novelista polaco Joseph Conrad en 1905 que la norma para ser novelista es la más sencilla entre todas las que siguen los literatos: El trabajo es la ley.

No hay de otra: si escribes novelas requieres tiempo para armar tu trama, concebir tus personajes, estructurar las situaciones por las que estos han de pasar, escoger el punto de vista desde el que se va a narrar tu historia, averiguar los detalles que hagan verosímil el tiempo y el lugar donde la novela se desarrolla. La novela como ficción de ficciones, género caníbal, monumento a cuestas, juego eterno, historia que abarca más allá de la historia.
La novela no es cosa de un día o una semana o un mes. Es trabajo de largo plazo. Uno en el que todos los días te levantas viviendo en el mundo que estás inventando y todas las noches te duermes pensando en el mismo.
Siempre habitas tu novela, como un universo alterno.

O como un mundo paralelo donde vives, sueñas, respiras.
Se puede escribir de una sentada un gran poema aunque después lo pulas por días o semanas.
Se puede escribir un cuento en un día si es corto.
Pero una novela es un maratón, una carrera de largo alcance.
La llevas contigo por un buen periodo en tu cabeza: enriqueciéndola, trabajándola, cambiándole detalles para darle mayor coherencia.

Si quieres escribir una novela no queda otra que trabajar duro y en forma constante.
Un día tras otro, hora por hora. Con disciplina. Con ambición de miras.
Hasta que sale toda.
Hasta que esa obra dice todo lo que tenía que decirte a ti mismo y a los demás.
Conrad lo sabía: El trabajo es la ley del novelista.
Su mandamiento principal.
El orden natural de las cosas que se cuentan por siempre jamás.

VII
La novela como obra del tiempo, como obra en el tiempo.
La novela como marca de una edad, de una era.
La narración que se inscribe en un momento preciso de la historia: la cotidiana o la trascendente, la propia o la comunitaria.

Todos somos hijos de nuestro tiempo.
Pero cada uno de nosotros habla de la feria como le ha ido en ella.
Describe los acontecimientos desde su perspectiva única.
Y no somos, los creadores, sólo gente que reacciona a los sucesos que lo envuelven, que lo animan o conmocionan. Lo que escribimos, lo que manifestamos, lo que relatamos también influye en el tiempo que nos ha tocado vivir.
La creación literaria incide en la historia al imaginarla, al narrarla, al juzgarla, al criticarla.

La novela habla de nuestros aconteceres y percances y, a su vez, moldea a estos con su relato, con sus personajes y las decisiones que estos toman ante tal o cual acontecimiento: una guerra, un amor, una rencilla, un cataclismo.

La novela como obra del tiempo: su criatura y su creador. Historia abierta más allá de los parámetros de exposición, nudo y desenlace. Más allá de tema y forma. Un crisol de géneros en los que el autor puede saltar de la narración al ensayo, del poema a la nota académica, del relato dentro del relato al monólogo interior, de lo real a lo fantástico sin fronteras de por medio.

La novela como una especie de serpiente Orubus: el eterno retorno donde se mezclan por igual la inocencia y la experiencia, lo viejo y lo nuevo, lo conocido y lo ignoto, lo que sucedió y lo que está por suceder, el fin y el principio.
Una trama para atraparnos a todos, para devorarnos a todos, para resucitarnos a todos, siguiendo las enseñanzas de Sherezada: relatando lo que sabes o recuerdas una y mil veces, en formas laberínticas, en historias que no concluyen sino que evolucionan con el único fin de vivir un día más, de escribir un día más, de platicar con el lector un día más.

Como la novela que estamos escribiendo aquí y ahora. De cara a todos y a nadie. Una obra innecesaria hasta que está escrita y publicada. Una obra indispensable para conocernos a nosotros mismos una vez que la hemos leído y la hemos hecho parte de nuestra naturaleza, de nuestros pensamientos e imaginaciones. Esa obra aún sin nombre que nunca acaba, que se regenera a sí misma en formas distintas y maravillosas. Nuestro arte. Nuestra novela. Nuestra vida.

 

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Gabriel Trujillo Muñoz es un escritor mexicano, nacido en Mexicali, Baja California el 21 de julio de 1958. Poeta, narrador y ensayista. Profesor de tiempo completo de la Facultad de Ciencias Humanas de la UABC-Mexicali y es uno de los editores de la Revista Universitaria de la Universidad Autónoma de Baja California. Ha publicado más de un 130 libros como autor y compilador. Es socio fundador de la Asociación Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía.
Ha recibido nueve veces el Premio Estatal de Literatura de Baja California, así como el Premio Nacional de Ensayo Abigael Bohórquez 1998, el Premio Nacional de Bellas Artes Narrativa Colima para obra publicada 1999, el Premio Nacional de Poesía Sonora 2004, el Premio Binacional de Poesía Pellicer-Frost 1996, el Premio Binacional Excelencia Frontera 1998, el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano 2005, el Premio Regional de Novela Vandalay 2005, el Premio de Narrativa Histórica de la Fundación Pedro F. Pérez y Ramírez 2006 y el Premio en Artes 2009 por el Instituto Tecnológico de Mexicali.
Vive y trabaja en Mexicali, a dos cuadras de la línea fronteriza.

 

 

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