David Jurado (México, 1985). Tres poemas

Colaborador asiduo de La Otra, narrador, ensayista, entrevistador, nos muestra sus capacidades en la poesía.

 

David Jurado

David Jurado

David Antonio Jurado González  (1985, México DF). Estudió Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara. Ha publicado cuento y ensayo en revistas mexicanas y colombianas. Formó parte de la mesa de redacción de Parque Nandino.

Roedor disecado

Bajo el desmenuzadero
vaga la mascota virgen
del niño tragasables.

Por suerte aquí no hay semáforos,
dice el copiloto al verlo y se imagina
la sodomía de los domadores de leones.

El hombre del subsuelo
prefiere al niño que a la mascota,
“nada más horrible que la consciencia refinada
de los que desafían a la muerte”. 

 

Historia del infortunado arlequín en el mundo antropófago del Apocalipsis

Lo recuerdo con una firmeza
sintomática,
la alfalfa mojada y el ruido que hacía
el hocico
del condenado en el tinaco.

Lo fusilaron a las 13 horas.
Lo descuartizaron a las 14.
A las 15, ya estaba tajado
y adobado, listo para el asador.

El hombre del subsuelo, por su parte,
nunca vio la herrumbre
burocrática del verdugo de la
hoz,
quien había juzgado comprensible,
como la mayoría,
la persecución de las brujas
y sus amantes.
 
Me dijo, cuando todos contaban
animados
los miembros macerados del cadáver
en la fritanguería,
cuando todos reían y loaban
la destreza del carnicero
y algunas anécdotas del Arlequín
en la era de los caníbales,

“si la risa es señal de entendimiento,
pero el entendimiento es un mito,
la risa no deja de ser signo
de la estupidez.”

 

El maestro de ceremonias en el callejón de los mendigos

El hombre del subsuelo quería desollar
la hiena, las glándulas anales. El rumor
nervioso de las cosas vueltas de revés,
la alabanza a la ironía, le provoca dolor
de oído.

Dicen que escribió
un tratado sobre la felicidad. En las fábulas
era el mono sabio.

Así se lo presentaron en la reunión
de los vendedores de látigos. 

El hombre del subsuelo no soportó
la algarabía. Le coció una carcajada.
El culo del anestesiólogo en el rostro
del animal.

“Payaso lame orines, le dijo, 
la felicidad está en la desidia del gato
que come después de ser castrado por su amo.“

 

 

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