Presentación de La Otra-Gaceta 46

leyvaLa esperanza, ¿hay esperanza? (para Jacobo Guzik, in memoriam)
José Ángel Leyva
Hace ya algunos años escribí un libro sobre la desesperanza, “Catulo en el destierro”.  Un personaje moderno, resonancia de aquel Catulo latino que disfrutaba, padecía y atestiguaba la decadencia del imperio Romano. Me llevó de la mano “El amor y la cólera” de nuestro enciclopédico vate Rubén Bonifaz Nuño, casi desconocido para la mayoría de los mexicanos e invisible fuera de su país.

También, claro, sus estudios y traducciones en “Carmenes” del poeta de Verona, fueron guía en esa larga noche de creación que concluye con unos versos letales: “Soy /un manojo de llaves /para abrir las puertas /que dan hacia ningún lado”.

Rubén Bonifaz
Tiempo después conocí personalmente al maestro Bonifaz. Aún veía y bromeaba con los escritores jóvenes con quienes solía reunirse en una taquería para beber cerveza y cenar. El sitio más alejado del glamur intelectual y una actitud que cerraba las puertas a la solemnidad de los literatos. Pasaron los años y mi contacto con el poeta Bonifaz volvió a suceder gracias a los vínculos estrechos de él con Marco Antonio Campos. Su humor, no su nobleza, ha perdido fuerza para impedir que la maleza del pesimismo hable por él. En una larga y conmovedora entrevista que le hice en su oficina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el poeta, ahora ciego, aún lograba leer con dificultades mediante el uso de un aparato que amplificaba la letra  cientos de veces. Bonifaz Nuño, a propósito de nuestra mutua admiración e interés por Catulo, no sólo por su poesía sino por su vida, por su actitud ante la realidad que le había tocado vivir, dejaba en claro el lado maligno, pernicioso de la pasión y la imposibilidad del amante de Lesbia o Claudia Pulsh. Catulo, un ser genial pero resuelto en los vicios más comunes a la mayoría de los poetas de todos los tiempos: comodino, envidioso, resentido, exhibicionista, egocéntrico, insidioso, mezquino. Junto a esas linduras, estaba dotado de una gran inteligencia y una pasión amorosa que lo enfrenta de manera inevitable con la frustración a lo largo de su existencia. Deseo y realidad son dos entidades que se muerden con semejante rabia, odiándose y amándose a la par. Thornton Wilder parece recrear la personalidad y la vida –motivos del ensayo de Bonifaz: El amor y la cólera”–, el drama de Catulo en “Los idus de marzo”, una de las novelas más entrañables que llevo en la memoria.

Rubén Bonifaz - JAL

Traigo a colación a Bonifaz Nuño por su invaluable aporte a la cultura al traducir a los autores latinos, griegos y hasta indígenas, antiguos pobladores de México, pero sobre todo por su aproximación a Catulo con el sesgo de picardía y de reverencia que caracterizaba al erudito profesor universitario. Se me presenta Bonifaz esta mañana de un domingo en que se me agolpan las ideas y los sentimientos ante la realidad violenta que azota nuestros días. Bonifaz, como Hermann Broch en “La muerte de Virgilio”, pone en la balanza y en duda la utilidad y la correspondencia de la literatura con sociedades embriagadas en sus propios caldos de miseria humana, en el reflejo de un espejo torvo, pringoso de mentiras y crueldades. Virgilio, en su regreso a su natal Brindisi está a punto de quemar “La Eneida” al padecer una crisis de realismo y confesar que esa obra épica de héroes y de hazañas, de elevados espíritus, tiene casi nada qué ver con la soldadesca y la casta de privilegiados y cortesanos, de líderes innobles y corruptos impulsados por afanes de poder y de sangre. Bonifaz Nuño, por su parte, reflexionaba en la mencionada entrevista sobre la ausencia de valores que rigen ya no la vida de un héroe sino la conducta de un hombre común y corriente, cuyo aprecio por la vida propia y ajena, por el ciudadano que defiende su casa y sus apellidos como la más valiosa herencia. El nombre de un individuo, su pertenencia a una comunidad,  su capacidad para entender y sumar la dignidad de otros nombres y otras comunidades son esos valores cada día menos trascendentes. La vida vale sólo por la posesión de bienes materiales o por la euforia de poder de unos instantes. El hombre convertido en una máquina de consumo, en un sistema predador, en una entidad irrelevante que dispone de la vida de los otros sin conmoverse, sin darse cuenta que al matar se mata. De esa raza humana es de la que reniega Virgilio en la obra de Broch; esa misma es la que lo lleva al convencimiento de que no hay otra y que por su salvación debe alejar de las llamas la tentación de destruir “La Eneida”, donde esos hombres, esas pobres y despreciables criaturas son transformadas en ejemplos de valor, de honorabilidad y de proezas memorables, porque si no fuese así ¿cuáles serían los ideales humanos?
    Virgilio, según Broch, no despreciaría, al final de esa noche eterna, la de su agonía, la posibilidad de salvar no sólo su obra literaria sino la utopía, el deseo de pertenecer a un pueblo digno de ser recordado en cada unos de sus personajes. Para Bonifaz Nuño no basta con formar profesionistas y lectores, es necesario inculcar la inconformidad y la indignación en los muchachos que un día serán los gobernantes, los que decidan el destino de su nación, es necesario, dice el maestro Rubén Bonifaz, enseñarles el valor de los ideales.
   ¿Qué debemos hacer entonces los intelectuales, los artistas, los escritores para no perder la esperanza y despertar la sensibilidad y en lo posible la conciencia? Cada quien responderá si quiere y puede a sus propias interrogantes, pero como ciudadanos no nos queda alternativa que responder como ciudadanos, combatir los males que minan nuestro sentido de la realidad, nuestra capacidad de indignación y de acción. Salir de las redes del Ángel exterminador (Buñuel), hacer algo.

En México se habla de 34 000 asesinatos durante los últimos cuatro años (administración del presidente Calderón Hinojosa), 15 mil de los cuales han ocurrido en el último año. Algunas fuentes refieren hasta 25 mil sólo en este 2010. Se habla de muertos como se contabilizan hormigas aplastadas por la bota de la resignación, y a menudo los medios se solazan con los diversos métodos de crueldad con que se ejecutan. Ninguna guerra es distinta en sus alcances sanguinarios y aberraciones destructivas, pero esta guerra tiene lugar en las entrañas mismas de nuestra cultura, de nuestra complacencia. Las legiones de pobres y las reiteradas e inveteradas prácticas de engaño y suma de frustraciones tiene en los millones de pobres de este, y otros países, pasto seco para las llamas del narcotráfico y el crimen organizado. Ejércitos de sicarios y delincuentes dispuestos a vivir el delirio de unos días de poder antes que una vida de desesperanza y olvido. Las palabras del capo mexicano de la droga, el Mayo Zambada, entrevistado por Julio Scherer, en abril de 2010 en la revista Proceso, fueron fulminantes:
“Los soldados, dice, rompen puertas y ventanas, penetran en la intimidad de las casas, siembran y esparcen el terror. En la guerra desatada encuentran inmediata respuesta a sus acometidas. El resultado es el número de víctimas que crece incesante. Los capos están en la mira, aunque ya no son las figuras únicas de otros tiempos.
–¿Qué son entonces? –pregunto.
Responde Zambada con un ejemplo fantasioso:
–Un día decido entregarme al gobierno para que me fusile. Mi caso debe ser ejemplar, un escarmiento para todos. Me fusilan y estalla la euforia. Pero al cabo de los días vamos sabiendo que nada cambió.
–¿Nada, caído el capo?
–El problema del narco envuelve a millones. ¿Cómo dominarlos? En cuanto a los capos, encerrados, muertos o extraditados, sus reemplazos ya andan por ahí.
A juicio de Zambada, el gobierno llegó tarde a esta lucha y no hay quien pueda resolver en días problemas generados por años. Infiltrado el gobierno desde abajo, el tiempo hizo su “trabajo” en el corazón del sistema y la corrupción se arraigó en el país. Al presidente, además, lo engañan sus colaboradores. Son embusteros y le informan de avances, que no se dan, en esta guerra perdida.
–¿Por qué perdida?
–El narco está en la sociedad, arraigado como la corrupción.

    Esta entrevista parece tener eco en la que recientemente se publicó en la red televisiva “O Globlo de Brasil”, con el capo Marco Camacho, mejor conocido como Marcola. A diferencia del Mayo Zambada, que vive en libertad a sus 60 años de edad, Marcola impone su voluntad desde la cárcel. Pero ambos fungen como interlocutores de la sociedad y hombres de estado, como hombres que además tienen una claridad sobre las debilidades sociales de las que ellos se alimentan. Hombres, por cierto, que leen y están informados. Concluyo esta nota donde la desesperanza o el escepticismo parecen darle la razón a Ciorán. Cito las palabras de Marcola.
      “ O Globo: ¿Usted es del PRIMER COMANDO DE LA CAPITAL (PCC)?

Marcola: Más que eso, yo soy una señal de estos tiempos. Yo era pobre e invisible. Ustedes nunca me miraron durante décadas y antiguamente era fácil resolver el problema de la miseria. El diagnóstico era obvio: migración rural, desnivel de renta, pocas villas miseria, discretas periferias; la solución nunca aparecía… ¿Qué hicieron? Nada. ¿El Gobierno Federal alguna vez reservó algún presupuesto para nosotros? Nosotros sólo éramos noticia en los derrumbes de las villas en las montañas o en la música romántica sobre "la belleza de esas montañas al amanecer", esas cosas…
Ahora estamos ricos con la multinacional de la droga. Y ustedes se están muriendo de miedo. Nosotros somos el inicio tardío de vuestra conciencia social.
     O Globo: Pero la solución sería…
    Marcola: ¿Solución? No hay solución, hermano. La propia idea de "solución" ya es un error.
     ¿Ya vio el tamaño de las 560 villas miseria de Río? ¿Ya anduvo en helicóptero por sobre la periferia de San Pablo? ¿Solución, cómo? Sólo la habría con muchos millones de dólares gastados organizadamente, con un gobernante de alto nivel, una inmensa voluntad política, crecimiento económico, revolución en la educación, urbanización general y todo tendría que ser bajo la batuta casi de una "tiranía esclarecida" que saltase por sobre la parálisis burocrática secular, que pasase por encima del Legislativo cómplice. Y del Judicial que impide puniciones. Tendría que haber una reforma radical del proceso penal de país, tendría que haber comunicaciones e inteligencia entre policías municipales, provinciales y federales (nosotros hacemos hasta "conference calls" entre presidiarios…)
     Y todo eso costaría billones de dólares e implicaría una mudanza psicosocial profunda en la estructura política del país. O sea: es imposible. No hay solución.”

 

 

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