Fabrizio Mejia. Salidas de emergencia

José Antonio Moreno nos habla del reciente libro de crónicas del narrador mexicano Fabrizio Mejía Madrid.

 

 

Antonio Moreno Montero

 

Salida de emergencia, de Fabrizio Mejía Madrid.

Fabrizio Mejía Madrid
            Las crónicas de Salida de emergencia, de Fabrizio Mejía Madrid (Ciudad de México, 1968), proyectan un México anti-euclidiano, vasto y profundo, del que despuntan conflictos sociales altamente inflamables para los tiempos que corren, y para poder explorarlo de sur a norte, la línea recta no habría sido el camino más corto ni el más recomendable.

Muchas de las crónicas exhiben la indefensión del sujeto frente al poder, al tiempo que nos permiten ser testigos de la manera en que se organizan los engranajes de la política mexicana, aceitada puntualmente–y no es un decir–por los tres grandes valores superiores que la definen: impunidad, ambición y marrullería.

En Salida de emergencia (Mondadori, 2007) asistimos no sólo al preludio de una catástrofe, similar al de una nave a punto de irse a pique, mediante un recorrido etnográfico, sin afán populista pero sí con firmeza literaria y periodística, por los entretelones del sur mexicano tan espeso como la sangre, hacia el centro del país con sus castas inmaculadas, identificadas sólo por sus siglas monopólicas (Telmex, Tv Azteca y Televisa), y por el norte, decantado por sus accidentes geográficos; también acudimos a nuestro propio desdoblamiento ético, cívico y moral como lectores.

Pasamos de la perplejidad al encabronamiento, de la angustia a la beligerancia. Como la crónica que narra el homicidio del estadounidense Brad Will, joven anarquista y freelancer, cuya cámara de televisión le servía de pluma para registrar la realidad anticapitalista que él detestaba y fue ella misma la que filmó su propia tragedia (y no el rostro de su asesino) cayendo al suelo en medio de la reyerta con dos balazos en el pecho, como si fuera un Aquiles posmoderno. Jamás anticipó que los laberintos del despotismo oaxaqueño no tienen salida, que equivale a decir horror y oscuridad.

Por irreales meandros de pesadilla tomó la vida de Adolfo González, un indígena triqui de Oaxaca, que había sido la suya de plenitud laboral y trashumancia, pero no de transiciones radicales. Adolfo fue arrestado en Oregon por el delito de allanamiento de morada y su descenso al otro infierno empezó cuando la policía lo remitió al departamento de psiquiatría de la penitenciaría estatal. Contaba con dos agravantes irrecusables que decretaron su tormento: era sordomudo e inmigrante ilegal.

Los médicos arrugaron la frente al escuchar la palabra tricky; y ni siquiera dudaron en diagnosticar que el paciente sufría de personalidad múltiple, simplemente porque usaba el seudónimo de Pepe Ruiz como si hubiera sido un recurso tramposo. Los triquis poseen dos nombres, cuando menos, uno oficial y otro secreto, para librarse del mal. Las fuertes dosis de cloropromazina, suficientes para convertir un T-rex en un perrito faldero, hicieron de Adolfo o Pepe Ruiz, ya liberado y de vuelta en San Juan Copala, un hombre capaz de escuchar voces del más allá. 
Con la glosa anterior y con las más de treinta y pico de crónicas que articulan Salida de emergencia, el lector puede hacerse una idea de los dilemas y las alternativas del México actual. Y no es una tarea fácil expurgar la realidad, que se complica todavía más cuando el cronista tiene que reinterpretarla para luego hilar fino mordacidad y paradoja, a modo de conjurar ardides políticas, tics culturales de moda embrutecedores o sucesos que envilecen; pero, sobre todo, Mejía Madrid nos da la oportunidad de aprender a mirar distinto y tomar distancia de aquello que salta del barco a punto de sumergirse en el légamo de nuestras propias decepciones.

El periodismo literario que hace Fabrizio Mejía Madrid, junto a cronistas de resonancia continental como Leila Guerriero, Martín Caparrós, Juan Villoro y Santiago Gamboa, entre otros, nos hace suponer que el debate darwiniano sobre literatura versus periodismo es cosa del pasado, a sabiendas que ambos medios de expresión prohíjan géneros de la intemperie, y que el cronista como el novelista se alimentan de la coyuntura, pero sin perder de vista jamás la fuerza poética. 

 

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Antonio Moreno

 

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