Presentación de La Otra-Gaceta 43

El Otoño Cultural del Libro en Huelva y el Salón del Libro
El Cangrejo Pistolero y Perfopoesía en Sevilla
Roberto Fernández Iglesias y La sustancia furiosa de ser
José Ángel Leyva

Por segunda ocasión asisto al Salón del libro y al Otoño Cultural de Huelva y vuelvo a constatar su importancia como puente entre la España que mira hacia Europa, que es Europa, y la América.

 

 

UBERTO STÁBILE

Uberto Stabile

Por segunda ocasión asisto al Salón del libro y al Otoño Cultural de Huelva y vuelvo a constatar su importancia como puente entre la España que mira hacia Europa, que es Europa, y la América que no es la de un país que se autodenomina América, con ese espíritu colonial y hegemónico hacia nuestros pueblos que habitan desde el Rio Bravo hasta la Patagonia. Estos nexos culturales buscan darle un nuevo significado a nuestras semejanzas y diferencias. No desde la esfera de los gobiernos y los estados, sino desde la pasión por el conocimiento, las culturas, la historia, la belleza, la comunicación. Uberto Stabile es una especie de araña que no cesa de tejer proyectos y porvenires entre gestores culturales, artistas y escritores de ambos lados del Atlántico. La bibliodiversidad es un tema inacabado pero en marcha dentro del Salón del Libro, que se realiza cada año en Huelva. Nos esperan anuncios de sorpresas editoriales… Todo a su tiempo.

 

 

EL OTOÑO CULTURAL DE HUELVA, SÍ… QUE HUELVA


     Jaime de Vicente, presidente de la Fundación Cultural de la Banca Rural de Huelva, junto con su esposa, Loli Bosque, son también protagonistas de esta acción de fraternidad iberoamericana, y desde El Otoño cultural atraen una oferta diversa donde, como ellos dicen, hacen maridajes de libros, jamón y vino, además de música y otras artes.

 

 

EL CANGREJO SEVILLANO Y SU PERFOPOESÍA


Me ha sorprendido de manera especial el festival de Perfopoesía que se realiza con mucho éxito en Sevilla. Sin duda un evento cultural que nace por el influjo del otro gran encuentro que organiza Uberto en Punta Umbría, Edita, desde hace varios años. Por cierto, tendrá lugar ahora en la Ciudad de México a partir del 19 de noviembre, como resultado natural de esos intercambios. Perfopoesía es ya un referente de esa búsqueda donde lo escénico se une a la palabra y el público sevillano lo digiere. El Cangrejo Pistolero puede estar seguro que su propuesta se mueve en dirección segura.
   De todo esto hablaremos y veremos a detalle en la página web: www.laotrarevista.com

 

 

ROBERTO FERNÁNDEZ IGLESIAS

Roberto Fernández - Foto: Borzelli
  Hay otro promotor y gestor cultural, animador dicen algunos, pero sin esa carga peyorativa de los animadores en la televisión o la radio, que ha sembrado y cultivado en suelo mexicano. Roberto Fernández Iglesias. Hace poco presenté su libro y esta es mi reflexión al respecto.

Roberto Fernández Iglesias: La sustancia furiosa de ser
Según la Wikipedia, Roberto Fernández Iglesias es un panameño residente en México; según su poesía, es un hombre a quien poco le importa haber nacido en cualquier lugar del mundo, pero al mismo tiempo acota que es fundamental el lugar donde se vive y a veces también donde se nace. Según sus palabras y sus hechos lo importante es ser hombre de palabra, es decir, de hecho; un hombre que hace es un hombre que nace. Para mí, Roberto es un ciudadano, un poeta comprometido consigo mismo y con su entorno, hasta donde el concepto entorno abra sus posibilidades e implique su compromiso con la humanidad. Quizás sea Panamá, quizás Toluca, quizás Tunastral, quizás su familia, sus amigos, la escritura, el conocimiento, quizás sólo sea la poesía, donde cabe todo eso y lo demás.

    En este libro, Furiosa sustancia, publicado por su propio engendro de promoción cultural, Tunastral, que es ya un signo de identidad de los toluqueños y del Estado de México, la antologadora –porque es una compilación de textos escritos desde 1964 hasta los últimos años–, destaca la pasión de Fernández Iglesias por la poesía. Esa es su constante y su porfía, el objeto prístino de su querer, de su deber. Sus poemas lo muestran de frente, de perfil, por arriba, por abajo, por dentro por afuera. No quiere decir que sea en los versos donde Roberto guste más o guste menos, sino todo lo contrario, porque hay en él un búsqueda y una sed que lo desmarcan del hallazgo, de la conformidad. Está siempre explorando nuevas posibilidades del lenguaje con más o menos éxito, pero eso al parecer, le tiene sin cuidado. Va como un muchacho de taller en taller literario en sus propios cuadernos, cambiando de ruta, regresando a sus antiguas pautas y catapultándose a nuevos horizontes formales, porque en esencia los temas son los mismos.

     La propuesta editorial de esta obra que reúne fragmentos de los numerosos libros escritos por Fernández Iglesias –presentados sin orden cronológico ni temático, sometido a la curaduría de Lorena Paz–, hace énfasis en la pasión del poeta y del promotor cultural, del profesor, del crítico, del autor en términos generales. Lorena Paz Valderrama Bernal, así, con todos nombres y apellidos, declara en su introducción la vocación magisterial y provocadora del personaje y escritor. A él no lo mueven las certezas, sino las dudas, el disenso más que la utopía, allí donde la utopía aún respira. Por eso, más allá del significado ideológico del concepto militancia, Fernández Iglesias figura o aparece como un militante de sus propios deseos. Deseos íntimos, personales, sí, pero inmersos en su naturaleza colectiva, comunitaria, social. Esa es la diferencia básica entre un poeta que se cultiva a sí mismo para la posteridad y otra que cultiva en sí mismo la posteridad como posibilidad de sobrevivencia común.

    Tunastral es parte de su poesía. Quienes hemos asistido a la lecturas, a las presentaciones, a la verbena literaria, somos testigos de que existe una atmósfera de camaradería y afecto, pero nunca de complacencia. Tunastral representa literalmente lo opuesto a la aridez de la política de Atracomulco. Es una parcela humilde y de bajos perfiles, donde cada quien trabaja y gana lo que le corresponde, recibe su ración de reconocimiento y de entusiasmo. Una pequeña zona de creatividad en medio de tanta rapacidad no es mérito menor. Lo dice bien Fernández Iglesias en ese poema sin título y con gloria, y que al parecer forman parte de la serie “Poemas de la Vida” (1984): “Un día cuando ya te has dado cuenta definitivamente/ que no todos usan la cabeza para el sombrero/ y que algunos tienen la corbata/ porque presienten que la vida debe ahorcarlos/ tomas los cadáveres de la mano/ y cantas como si fuera el primer día de la creación/ y todos los poemas que escribes/ está llenos de flores y de gloria/ y de respiraciones y de muertos hijueputas/ definitivamente / fuera de la historia de sí mismos.”

    La poesía de Fernández Iglesias se caracteriza por su escurridiza actitud frente a las clasificaciones, va de un estilo a otro, de un modo a otro, de un Roberto a otro. La inquietud, la migración es su impulso. Casi ningún poemario se habla con el otro, cada uno dialoga con la posibilidad de ser distinto. No obstante, la ironía, la necesidad de comunicar, de decir, están presentes en todos sus poemas. Y esa extraña ternura amalgamada con la mala leche es un fantasma que recorre toda su escritura, de manera particular en sus relatos, tan bien seleccionados, por cierto. Es allí, donde rezuma la sustancia violenta con sabor de miel, donde Fernández Iglesias deja marca. Sucede desde los primeros relatos de este libro, “La marejada” y “Hombre de mundo”; despoja de eufemismos la escenas familiares donde priva el racismo sobre esa turba alegre, cuya diversión es ver la furia del mar, o esa fantasía del intelectual calenturiento que descubre, en el medio menos glamuroso, a una chica que escribe versos, y se siente movido no a la necesidad, sino a la responsabilidad de la derrota, a experimentar el golpe de la realidad. Esa chica hermosa y poeta, no puede decirle sí a la posibilidad de que él se siente junto a ella, y en efecto, la respuesta es no. Esa misma sustancia da forma a las historias de “18 narraciones breves”, donde advierto a un Roberto más estable, pero nunca predecible.
    La correspondencia de ese humor puede hallarse en poemas como “no sé por qué” (pág. 90), o en los poemas de Trastienda (1994)—pág. 31.

    No entiendo los criterios para haber organizado el libro de esta manera cronológica pero a saltos en géneros, temas, estilos, formas. La respuesta podría estar no en la antologadora y curadora, sino en ese texto de Fernández Iglesias, “Trazos”, para explicar los siete cerros de Toluca, como los de Roma, según dice, pero uno de los toluqueños no es un cerro, sino una pirámide. Así que bajo tales explicaciones y semejante lógica, este libro tiene muestras de una obra que representa una vida como para que nunca le den la beca del sistema nacional de creadores, pero nosotros, lectores, le damos la furiosa sustancia de nuestra gratitud y nuestro afecto. Gracias Roberto por hacerte parte de este pozole cultural que aún masticas con espíritu panameño.

 

 

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