Felipe Agudelo. Biblia de Pobres de Juan M. Roca

Esta obra, ganadora del Premio Casa de América de Poesía es objeto de estudio del poeta y narrador Felipe Agudelo. Juan Manuel Roca alerta, a su vez, sobre el asalto a su cuenta de internet.

 

 

 

 

Notificación:

 

Hace unos meses me "jaquearon", me robaron literalmente mi viejo correo al que ya no pude ingresar. Ya imaginarán lo que esto significa, pérdida de documentos acumulados, pérdida de contactos y, lo peor, el manejo de la correspondencia que me sigue llegando a ese correo por parte de quien o quienes fraguaron la canallada. Ahora empiezo a recibir señales alarmadas de conocidos y de personas allegadas que me preguntan por supuestos correos enviados por mí, escritos en una prosa envilecida y llenos de grotescos calificativos, propios de una mente perversa. Todo el que se entera de esta miserable persecusión, sin duda con ánimos de desprestigio, señala hacia fuerzas oscuras que no excluyen en sus hipótesis a un poeta envenenado. El asunto tendrán que verlo las autoridades competentes en este tipo de delitos.
Les ruego el favor de no abrir supuestos correos míos enviados desde juan_manuelroca@hotmail.com y más que nada, disculpen la molestia, pedirles que roten esta nota entre todos sus contactos. Es una pena que tengamos que comunicarnos a partir de actos miserables.

 

Un saludo cordial, Juan Manuel Roca

 

Roca Presidente

 

–   Notas  al  pie  de  una  Biblia   –

 

 

 

Felipe Agudelo

 

    Alegra la fortuna que está teniendo esta Biblia de Pobres con la que Juan Manuel Roca obtuvo el IX Premio Casa de América de Poesía, que hoy vemos publicada en la colección Visor y ya se apresta a hacer su aparición traducida al francés. Y es suerte merecida puesto que se trata de un libro importante, no sólo dentro de la ya rica producción del poeta, sino al interior mismo tanto de la tradición poética colombiana como en la de la poesía a secas.

 

   Referirse al trabajo reciente de un autor suele incitar a continuos atisbos a su trayectoria, ya que cada uno de los libros se vuelve una huella consciente de un recorrido estético. Más aún ocurre esto con la obra de Roca, que es altamente meditada, y cuyos poemarios que se engranan como vagones de un mismo tren, constituyen partes de un verdadero corpus general y, por tanto, mantienen continuidades y diálogos fecundos entre si.  A estas alturas nos es posible ver cómo todos sus libros han ido estructurando una obra, en el sentido fuerte del término, puesto que, a pesar de su diversidad, cada uno de ellos apunta en una misma dirección y dentro del conjunto responde con coherencia a una misma intención poética lograda. Rara conquista en nuestro medio. Que, además, ha sido fraguada a través no sólo de un arduo ejercitarse en el instrumental que provee la lengua sino gracias a un ahondar constante en una reflexión acerca de la poesía como forma de pensarlo todo y de hacer presencia en el mundo. No obstante, dada la importancia particular que considero tiene Biblia de Pobres intentaré unas breves notas a prescindiendo de sus antecedentes.

 

  Escribir sobre poesía es tarea que se complica porque -ante ella- la prosa desnuda sus deficiencias y obliga a explicar largo lo que la poesía dice en corto.

 

   En Biblia de Pobres hay poco dejado al azar, si es que lo hay, por tanto no quiero dejar de llamar la atención sobre dos cosas formales, puesto que ambas tienen un claro propósito. La primera es sobre el epígrafe que abre el libro que es no sólo un verso sabiamente elegido de uno de los más grandes poetas y un guiño a uno de los más extraordinarios poemas que uno pueda leer: Una noche con Hamlet, de Vladimir Holan, sino que es una de las claves secretas del libro. Y esto lo menciono de entrada, pues este es apenas el primero de los poetas que asoman en Biblia de Pobres que, como pueden comprobar sus lectores, también opera a la manera de una genealogía poética electiva de Roca.

 

   Y la segunda es acerca del título mismo, pues para evitar posibles desviaciones, vale la pena explicar que hace referencia a un tipo específico de libros que se hacían en la Baja Edad Media, antes de Gutemberg, para más señas. Y estos eran impresos que se realizaban con técnica xilográfica sobre tablillas de madera. Contaban, por lo general, con 54 estampas que narraban, en dibujos y textos escritos en lengua vernácula, no en latín, episodios importantes de la Biblia. A su manera intentaban poner el saber de la época al alcance de los excluidos, de los pobres. Y es también interesante considerar que así mismo se le dice  Biblia Pauperum a las series de retablos que se cuelgan en algunas iglesias y que de manera secuencial relatan un mismo evento bíblico. No obstante, hay que decir que más que interesarse en cuestiones de tipo religioso, Roca utiliza el hallazgo para aplicarse en denunciar la indigencia espiritual que nos rodea y mostrarse solidario con la suerte actual de los desposeídos; es decir, como un recurso para subrayar su postura de repudio a los poderes y al curso de los tiempos que corren.

 

   Es bien sabido que cuando un poeta habla de otra época, en realidad se refiere a la suya, de la que no puede escapar; y que cuando señala otro lugar apunta al suyo. Así mismo cuando habla de los otros habla de sí y cuando habla de sí es porque le presta su voz a otros. El verdadero poeta es otro.

   En este contexto resulta interesante preguntarse porqué este libro busca remontarnos a las atmósferas de la noche medieval, porqué pone a jugar entre nosotros rastros de esa época y cómo a través de sus símbolos nos retrotrae, como si esa Edad Media fuera ahora. Lo cual nos obliga a recordar que ella se coló entre nosotros, hace ya siglos, como un polizón de sotana en las carabelas que traían las turbas españolas que invadieron América y que desde entonces hace parte de lo árido de nuestro clima espiritual y, por supuesto, social.

 

   En la Colombia de hoy, la lectura de Biblia de Pobres exige no desligarse de su circunstancia, es decir del tiempo y lugar donde fue escrita. En especial, porque fue concebida con rabiosa lucidez como una forma de inventar y animar salidas poéticas a una situación determinada. Digo salidas más que respuestas, pues de ella solo brotan nuevas preguntas. A lo largo de sus páginas se avanza cantando, sí, pero por el medio de los callejones de la duda, que es donde, según sustenta Roca, reside el poder transformador de la poesía.

 

   Daría para largo este solo asunto, pero lo abordaré brevemente. A Roca le carcome una cuestión que es a la vez vetusta y moderna entre poetas: la de la hölderiana herida de para qué escribir poesía en tiempos sombríos. Este libro confronta ese interrogante, vital para el poeta y la salud del mundo, no porque adopte un talante programático o didáctico –ajeno a sus gustos, prácticas y convicciones- sino porque así asume a la vez un reto ético y estético íntimo, uno que sin impedirle deambular por los vastos territorios del desencanto personal lo libra de caer en las vacías tentaciones de la desesperación o de las diversas formas de la renuncia; es decir, acata los riesgos de una creación que explora los límites mismos del decir del poeta de hoy, poniendo a jugar de nuevo sus materiales poéticos, en un intento por vivificar la esperanza que aún todos debemos tener puesta en el potencial liberador del poema. Y eso es porque Roca cree que aún se mantiene viva la afirmación de Cardoza y Aragón cuando dice que: la poesía es la única prueba que tenemos de la existencia del hombre.

 

    Los 54 poemas que conforman esta Biblia Pauperum están presentados bajo diversos ropajes, casi un verdadero catálogo de géneros, de uso poco frecuente. Encontramos parábolas, confesiones, prontuarios, memoriales, crónicas, rezos, genealogías o paisajes que posibilitan el desarrollo de los temas y son el escenario de sus personajes y donde a veces se desagarra sin drama ese antihéroe que es el poeta. Le sirven para hablar de servidumbres, mendigos, heridas, desaparecidos, meseras, enfermedades, hambre, soledad, silencio, desterrados; pasando por mercados de lástima, por hospitales, por iglesias en penumbra, por lugares escogidos del mundo, por salas de niebla, por rincones de Colombia y por el centro goyesco de una Bogotá que es como para mantenerla lejos del alcance de los niños. Son ámbitos duros, qué duda cabe, pero le valen bien para propiciar un ajuste de cuentas con esto que le tocó vivir y para mostrar algo más que los itinerarios de su desencanto, sin culpa ni queja. Hay incluso algunos poemas con un toque autobiográfico discreto, pero no distante, como si a ratos el autor se diera la licencia de pasear por sus mundos cual una sombra. También hay diagnósticos y señales de advertencia, alumbrados por sentimientos y sensaciones que suelen pasar a nuestro lado sin que les demos nombre: rencores, miedos, rabias y dolores. Es esta, sí, una poesía que cumple a cabalidad con el concepto de que ella es también una forma de pensamiento, pero es una donde la reflexión se atempera en un hondo sentimiento de furia, en una próxima sensación de pérdida.

 

    Joseph Brodsky escribió algo que Roca podría suscribir, puesto que lo acoge. Decía el poeta ruso que “el arte no es una existencia mejor, sino substitutiva; no es un intento de escapar de la realidad, sino lo contrario: un intento de animarla. Es un espíritu que busca la carne, pero encuentra palabras”. Roca ha expresado algo similar cuando sostiene que la poesía es una insatisfacción con la realidad. Una inconformidad con lo precario de lo real, pero no por vía emocional sino crítica. No una evasión sino una confrontación permanente, una exigencia de más. Por eso es que detesta y combate el realismo, el prosaísmo y el naturalismo, quizás coincidiendo con aquello que escribiera el poeta y crítico mexicano José María Espinasa: “La realidad es una pésima escritora”.

 

   En un país como el nuestro que sufre de retardo crónico, que llegó al siglo XXI tal como se arrastró hasta el XX, es decir sin haber salido del XIX, con pústulas coloniales, retrocediendo, inmerso en una guerra continua, injusto, desigual y dominado por ideologías conservadoras que -una y otra vez- renuevan sus compromisos de sangre con la tarea de impedir a cualquier costo el cambio, Biblia de Pobres, sin siquiera consolarnos, nos acompaña a cruzar su muy larga noche, nos incita a insubordinarnos, nos ayuda a entender y a increpar, pero también a amar a pesar de todo. Esto porque en cada uno de sus poemas se intenta un sendero para superar la crisis actual de la  palabra, apoyándose para ello en la verdad de la poesía y de la amistad, ambas citadas en los bares de la belleza. Ya que son éstas los dos únicos escudos que aún porta Roca. Parecen frágiles pero en realidad son indestructibles. La crisis de la palabra no está sólo en que miente y nos incomunica, sino en que busca afanosamente pompas de fama y monedas de éxito comercial, utilizando las escaleras de la servidumbre al poder y la acomodación a las reglas de los agentes del mercado.

 

   A pesar de la dureza del libro, en cada poema tenemos una cita con la belleza, un correcto maridaje entre lo mental y lo sensorial. Y veces una pincelada de humor que nos concede el relámpago de una sonrisa. Por eso hay que decir que los logros, tantos que no podré dar cuenta exhaustiva, son consecuencia de los aciertos y virtudes de esa personal poética que enarbola y defiende Roca. Una poética que es suya, pero que proviene de ese extenso linaje de antepasados de pura casta que van apareciendo a lo largo de los poemas del libro. Son un conjunto de artistas con cuya obra Roca se ha relacionado; él los frecuenta, va y vuelve a ellos, los reelige. De forma tal que en las páginas de Biblia de Pobres uno puede rastrear un cauce vivo que se remonta al primero de los grandes poetas, el rey Salomón, pasa por el profeta Juan, avanza por la edad antigua, entra a los trovadores medievales, se detiene a homenajear al mayor de los poetas místicos, san Juan de la Cruz, no olvida el siglo de oro, rinde culto a la madre Josefa –donde comenzamos nosotros-, atiende a románticos como Blake, entra a la modernidad de la mano de Baudelaire y de allí va visitando, para agradecer, a muchos, pues tampoco están todos, aunque sí los principales, de los poetas que ama Roca: Rimbaud, por supuesto, Vallejo, y algunos nombres de las vanguardias que más le han llamado la atención. Es, claro, un recorrido más nutritivo que este que he resumido y que le sirve más que para esbozar un mapa de influencias para presentar un álbum de guiños, pistas, celebraciones y querencias, de proximidades y preferencias, es decir constituye el reconocimiento activo de que la poesía es obra de muchos y la prueba de que un poeta es nada si no tiene el don de la gratitud.

  Debo recordar que es usual que en todos sus libros Roca trace ese tipo de mapa de marcas, esa línea de rastros; pero, es muy claro que lo hace con el gesto de aquel que camina tirando migas de pan en lo profundo del bosque, no porque tema extraviarse sino porque encontró una manera de alimentar a los pájaros.

 

Otro aspecto que resulta estimulante atender, es el modo en que Roca se apropia y se relaciona en un diálogo directo y abierto con la poesía y el arte del mundo; por ello su obra puede ser leída y entendida en ámbitos más amplios, pues no se constriñe a sus propias fronteras -asaz estrechas y mezquinas- ni siquiera a las de su lengua, por más que tercamente las habite. Este esfuerzo que es característico de la poesía de Roca, no tan explícito ni frecuente en la poesía colombiana, contribuye y contribuirá a que sus poemas conquisten nuevos territorios y mejores lectores en las mayores distancias, pues en éste y en sus otros libros ha demostrado que posee eso que Vallejo definía como un sentido histórico de la lengua. Lo cual me recuerda el acierto de Brodsky cuando afirma que: “la poesía es la esencia de la cultura mundial”.

    Respecto a esta poética de Roca, es preciso señalar que en varios poemas del libro se hace de ella un tema explícito. En especial en ese estupendo poema que es Memorial del provocador de sueños, cuya atenta lectura recomiendo. Pues están allí puestas claves importantes para profundizar en los libros de Roca y para leer mejor la poesía en general. Ya que así como la poesía no se escribe en cualquier circunstancia, requiere un estado especial, tampoco se la lee de cualquier manera y menos una sola vez. La poesía comparte con artes mayores como la música y la pintura la posibilidad y la necesidad de la repetición múltiple. A diferencia de géneros como la novela, el cine o el teatro, en los que una o dos visitas nos sacian, podemos escuchar muchas veces una composición musical, mirar todos los días un mismo cuadro, volver una y mil veces al poema, pues este –como el amor- jamás se agota en una sola sesión.

 

   Para finalizar diré que Juan Manuel Roca en su Biblia de Pobres  ha hecho  además algo difícil. Muchos dicen que se escribe como se puede. Roca, en cambio, ha escrito un libro como ha querido, como uno que se atiene a sus más altas, explícitas e íntimas exigencias, uno que no le salió como pudo sino exactamente como él quiso. Esto porque descubrió cómo andar todo el tiempo en dos orillas a la vez, entre la pura inteligencia del pensar poético y los brotes irracionales de la intuición verbal. Por eso, esta Biblia de pobres es y será evidencia suficiente de que la poesía se puede dar en tiempos de muerte y letargo.

 

Felipe  Agudelo  Tenorio.
Bogotá, mayo 5 del 2010.

 

 

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