Joumana Haddad, Líbano 1970

Enrique Hernández-D´Jesús, poeta y fotógrafo venezolano escribe sobre eros y tanatos presentes en la escritura de la libanesa. Un poema.

 

 

 

Joumana Hadad

 

LA FRUTA, EL CUERPO MÁS DESEADO

 

Enrique Hernández-D’Jesús

 

Enrique Hernández
Enrique Hernández

 

 “Aquí estoy desnuda, objeto de un deseo que me provoca esta ensoñación de mi propia piel. Siempre lo supe. Por eso nunca quise fotografiarme yo misma, a pesar de mi talento y vocación para este arte equívoco… Vivo sólo en la mirada deseante de él, quien es mi espejo. Es la ruta de un conocimiento propio, único, más allá de cualquier vanidad, más acá del narcisismo. Desnuda y deseada, luego soy… Soy como una fruta: anónima, casi sin rostro, deleitable…”   Tina Modotti

 

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Joumana Haddad
El arte de desnudar la palabra, es una de las profesiones más antiguas de la humanidad: “El Cantar de Los Cantares”, la revive en cada sensible movimiento de los seres, en las realidades humanas, en el amor de la amada, en la comunión. En estos versos de la poeta Libanesa Joumana Haddad, esto lo encontramos en los Cantos de Salomé, Nefertiti y Balkis, en un salto mortal al arte de amar. El amor sufre amando. La creación de la mujer en lo amatorio, sorpresiva, mira, es dura, con asombro, entra en el horizonte del cuerpo encadenado, en la línea intensa, en la emoción de escribir, en los arabescos líricos. La voz heredada de sus ancestros, del mundo árabe, de los verbos del surrealismo, de las luces y de las sombras.

 

Solitaria regresa al Edén, al lugar más remoto de la memoria, ahí nació el espectáculo, y la palabra se sienta frente a la primera mujer del Paraíso, con sus elementos, su capacidad de mitos y voces deslumbrantes. Ella la hembra modelada por dios, mágica, hermosa, similar al primer varón. “El Retorno de Lilith”: …Soy Lilith, el secreto de los dedos que insisten. Perforo el sendero, divulgo los sueños, destruyo ciudades de hombres con mi diluvio. No reúno dos de cada especie para mi arca. Más bien los transformo a todos para que el sexo se purifique de toda pureza… La primera mujer, la original, independiente y libre, de larga cabellera, cantaba en su ventana ciega, cubierta por una serpiente, rodeada de sátiros, diablillos y luces de bengala, incendiando los ríos. Lilith no se sometió a las tentativas de Adán. Aprendida en los desiertos y los bosques como “cazadora”, y por los iniciados de la piedra negra. En No he pecado bastante, La Pantera Escondida, la metáfora de la creación, la armonía y el caos se hacen cómplices de la poesía, con las pulsiones simples e insólitas; allí las formas concentran su atención en momentos turbadores, en estado de amor, en un amor siempre absoluto, en imágenes poéticas, en el desnudo espacial de la lengua, en la versificación intensa. Este juego y saltos de palabras, la palabra en sus distintos estados anímicos, en la experiencia de un mundo que tiembla en cada momento, fascinando y encadenado con su naturaleza posible, busca las regiones inexploradas, los artilugios, donde se corren los riesgos perpetuos del lenguaje de la vida, el palpitar de un horizonte, la visibilidad en todos estos versos, en la lúcida interpretación de los cantares:Ella tiene la cabellera más lejana que un placer que acaba de pasar y en la sonrisa mil promesas que no impiden la lluvia. Sus colores son una paleta de temblores, ya cicatriz de ondas, ya claro de cuchillo. Ningún cartero llama a su puerta porque no se le conoce morada. Tampoco se le conoce fin, porque es libre como un árbol.

 

 
Y como un árbol, sube.

 

 
Ven

 

Recógela a flote en tus ojos.

 

 

En Joumana Haddad, es el tiempo poético el que fuerza a la rosa, no la espina, y así las acciones del golpe de dados del azar: la provocación, encuentra, en la intimidad, maneras excitantes del ofrecimiento, el borde de los bordes, donde la claridad se manifiesta entre un cuerpo, el ojo, la mirada del objeto, los sobresaltos, el resplandor de la luz: “Yo pretendo que soy yo misma/ Pero desconocidas criaturas viven en mí./ Ojos que no son míos ven el mundo por mí./ Y otros cuerpos se pasean con mi vida.” Percibimos  distintos modos de incluirnos en el milagro de la poesía. Joumana recorre campos que transitan el instinto del corazón, genera una voz singular, y desde ahí, desde la propia fortaleza del pensamiento transfigura esta escritura, libre, es la garganta tejida de su mirada, en lo cálido, emotivo, generador de deseos: la oscuridad iluminada.

 

Cuando me hice fruta, es el árbol del mundo, donde las palabras están cargadas de energías luminosas, de diversas expresiones, tejedoras de este universo poético. Una conciencia de su corazón, la experiencia de lo nombrado. La poeta vive en cada página de Cuando me hice fruta, ella es como la esencia divina, terrenal, de lo que nos sucede cuando se escribe poesía. Su vocación nos complica la vida para siempre. Resulta que somos la aventura del desierto, eso quiere decir, que nunca nos hemos preparado, como ahora para el ejercicio del amor:  Cuando me hice fruta/ Hombre y mujer fui concebida bajo la sombra de la luna/ Pero Adán fue sacrificado a mi nacimiento/ Inmolado a los vendedores de la noche/ Extranjera crecí y ninguno cosechó mi trigo/ Y me acordé antes de nacer/ Que soy una multitud de cuerpos/ Que dormí por mucho tiempo/ Que viví por mucho tiempo/ Y cuando me hice fruta/ Supe/ Lo/ Que/ Me/ Esperaba….Es bueno que hayamos tocado la piel de esta Dama, quien recoge el mundo de nuestra sensibilidad, entre lo real y sus símbolos. Oye las campanas y te darás cuenta que somos los guardianes de nuestro desespero. Por ahí viene la voz que cruza la inmensidad, y en ella estamos, sobreviviendo para cantar sus bellos cuerpos enamorados. Ay Sulamita, ayúdanos a vivir con estos silencios. Después de ti, la tierra es el fuego.

 

   Cuando me hice fruta, es el árbol del mundo, donde las palabras están cargadas de energías luminosas y divergentes, en hilos visuales de diversas expresiones, tejedores de este universo poético. Una conciencia de su corazón, la experiencia de lo nombrado. .. … La poeta vive en cada página de Cuando me hice fruta, ella es como la esencia divina, terrenal, de lo que nos sucede cuando se escribe poesía. Su vocación nos complica la vida para siempre. Resulta que somos la aventura del desierto, eso quiere decir que nunca nos hemos preparado, como ahora para el ejercicio del amor:

Joumana Haddad (Líbano, 1970). Poeta, cuentista, periodista, profesora, traductora, habla siete idiomas. Prepara una tesis de doctorado sobre la traducción poética. Trabaja desde 1997 en el periódico libanés An Nahar. Ha publicado: El tiempo de un sueño, 1995; Invitación a una cena secreta, 1998; Dos manos hacia el Abismo, 2000; No he pecado bastante, antología, 2004; El retorno de Lilith, 2004, último libro calurosamente acogido por la crítica. Ha sido incluida en dos antologías realizadas por Abdel Kader Janabi sobre la poesía árabe moderna y publicadas en París: Le poème arabe moderne (el poema árabe moderno) y Le verbe dévoilé (El verbo develado). Ha sido traducida al español, francés, italiano, portugués, polaco, alemán, armenio, kurdo e inglés.

 

Hace poco salió en España: Antología de Poesía Libanesa Moderna: ALLÍ DONDE EL RÍO SE INCENDIA, editado por la Editorial NorteySur.

 

 

Cuando me hice fruta
 

 

Hombre y mujer fui concebida bajo la sombra de la luna,
Pero Adán fue sacrificado en mi nacimiento,
Inmolado a los mercenarios de la noche.
Y para colmar el vacío de mi otra esencia
Madre me bañó en aguas del misterio,
Me instaló en la orilla de cada montaña,
Moldeó la luz y la penumbra
Para hacer de mí mujer-centro y mujer-lanza,
Traspasada y gloriosa,
Ángel de los placeres innominados.

 

Extranjera crecí y ninguno cosechó mi trigo.
Diseñé mi vida en una hoja blanca,
Manzana a la que ningún árbol dio a luz.
Y la horadé y salí,
En parte vestida de rojo y en parte de blanco. 
No solo estuve en el tiempo o fuera de él
Porque maduré en los dos bosques
Y recordé antes de nacer
Que soy un tumulto de cuerpos,
Que dormí largo tiempo,
Que viví largo tiempo,
Y cuando me hice fruta
Supe lo que me esperaba.

 

Pedí a los magos que cuidaran de mí,
Y entonces me llevaron consigo. 
Dulce era mi risa
Azul mi desnudez
Tímido mi pecado. 
Volaba sobre la pluma de un ave
Y me hacia almohada a la hora del delirio. 
Cubrieron mi cuerpo de amuletos,
Y untaron mi corazón con la miel de la demencia. 
Protegieron mis tesoros
Y los ladrones de mis tesoros,
Me obsequiaron historias y silencios,
Desataron mis raíces.

 

Y desde aquel día me voy
Me hago nube de cada noche
Y viajo.
Soy la única en decirme adiós
La única en acogerme. 
El deseo es mi camino y la tormenta mi compás,
Y en el amor no echo anclas.
Gemela de las mareas,
De la ola y de la arena
Del candor y de los vicios de la luna,
Del amor
Y de la muerte del amor. 
Durante el día mi risa es de los otros
Y la cena solo a mí me pertenece.  .  
Quien sabe mi ritmo me conoce
Me sigue
No me alcanza.

 

 
Traducción de Renato Sandoval