Sobre los Chávez de Ciudad Juárez

david ojedaDavid Ojeda, narrador y tallerista de larga trayectoria, nos habla de su experiencia con dos personajes de la frontera que devinieron poetas, los hermanos Jorge Humberto y Miguel Ángel Chávez.

 

 

 

 

La parábola del cielo y el infierno

David Ojeda

 

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Miguel Ángel Chávez
Miguel Ángel Chávez
Una mañana de noviembre, en 2005, un habitante de Ciudad Juárez nacido en 1962 comenzó a padecer malestares que nunca había sentido. Y se alarmó. Incapaz de mantenerse en pie o hablar, notó que su pareja y su hija reaccionaban con temor y azoro ante la emergencia. Porque ese hombre, quien hasta esa fecha había tenido una vida no ordinaria y saludable, enfrentaba por primera vez la cercanía de su muerte.

            En su cuerpo, las ingestas y los humores, los órganos y el tiempo, habían realizado una labor de zapa más allá de la cual no nos aguarda sino el derrumbe. Por eso, Miguel Ángel Chávez Díaz de León, poeta y periodista, otrora investigador privado, antes conductor de autobús urbano de pasajeros o despachador de hot-dogs, alguna vez estudiante de Ciencias de la comunicación en la Universidad Autónoma de Chihuahua, campus Ciudad Juárez, integrante fundador del taller de literatura del Museo de Arte e Historia en aquella ciudad, perdió esa mañana el conocimiento y nada supo de sí sino hasta un par de meses después.

            Tras un estado de coma que duró varias semanas, Miguel Ángel regresó a su conciencia con desvaríos, creyendo, entre mucho más y a ratos, que se encontraba metido en una interminable película de Buñuel. También, según relata, en ocasiones se preocupaba porque temía que fuera a llegar tarde al  taller de literatura donde había compartido sus poemas y su crítica con otros como él veinte años antes, desde 1981 hasta 1987. Durante ese lapso, en lo que entonces se llamaba Museo de Arte e Historia de Ciudad Juárez, los integrantes del citado taller, atestiguaron el humor y la originalidad de la voz poética de Miguel Ángel. También se dieron cuenta de su enérgica presencia y de la calidad implacable de sus juicios.

            Por eso, luego que Miguel Ángel publicara diversos libros, aquí y allá, a lo largo de los años –los suficientes como para convertirlo en una de las voces más sobresalientes de la poesía chihuahuense–, su embolia vino a ser como el sonido de una trompeta bíblica para quienes en un taller, durante esos años de los 80, habíamos trabado amistad y complicidades en torno al hecho literario.

            No obstante, la energía de Miguel y su poderosa fuerza de voluntad le han permitido sobreponerse y tener ahora mayor presencia anímica. Después de cuatro años de su ataque, hemipléjico, gracias a su empeño en los ejercicios destinados a rehabilitarlo, ha vuelto a caminar con ayuda de un bastón, dejando a un lado la silla de ruedas. Así ha llegado a ser un paradigma en su localidad y un amigo aún más gratificante.

            Miguel Ángel, hasta antes de su embolia, había publicado tres libros de poesía: En este rincón duerme la duquesa (Premiá / Dos Filos, 1984), Este lugar sin sur (Boldó i Climent / SPAUAZ, 1988) y Vhala blues para saxofones (Boldó i Climent / Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de San Luis Potosí, 1991).  En 2006 apareció Los ángeles también van de cacería, volumen que concluyó con anterioridad a su colapso. A lo largo de los años, además, emprendió la escritura de poemarios que dejó truncos. Por ello hace algunos meses, ante una oferta de publicación Miguel Ángel respondió que ningún proyecto tenía terminado, pero que contaba con una buena cantidad de poemas sueltos de libros inconclusos. Así nació su nuevo título de poesía: Poemas completos de libros inconclusos (Ediciones sin nombre / Ediciones Nod / Instituto Chihuahuense de la Cultura, 2009).

            Con una imaginería muy original y certera, este libro de Miguel Ángel recrea, sobre todo, elementos de paisaje y región: Ciudad Juárez, el norte de nuestro país. También ofrece, con un humor muy cadencioso –en la versificación– y logrado –en su equilibrio entre tonos e imágenes–, diversas aproximaciones a un erotismo exultante, nada truculento ni ramplón.

            Miguel Ángel Chávez obtuvo este año el premio nacional de periodismo, VIII edición ciudadana, en la modalidad de «Orientación y servicio de la sociedad», por un testimonio incluido en Día 7, una revista que se encarta dominicalmente en distintos periódicos nacionales. Ahí anotó: «Cuando me platicaron que había terminado mi último libro dos meses antes de la embolia no lo creía. Me solté riendo. Laura fue a nuestra casa y me trajo: Los ángeles van de cacería. ¡Un libro de poemas escrito por mí! No lo podía creer. Yo escritor. Me volvió la risa.»

 

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Jorge Humberto Chávez
Jorge Humberto Chávez
Entre los compañeros que Miguel Ángel tuvo en el taller del Museo de Arte e Historia se cuenta un hermano suyo: Jorge Humberto Chávez, a quien no conocí sino hasta varios meses después de mi llegada como coordinador. Valga relatar la anécdota.

            A la primera sesión del taller acudieron distintos aspirantes a integrarlo. Vagamente recuerdo caras y nombres. No obstante, tengo desde entonces muy presente en mi memoria el habla y las maneras bruscas de un joven que todavía no llegaba a los 20 años de edad y se encontraba entre ellos. Él, según cuenta ahora, se interesó en la conocatoria porque creyó que la beca que se anunciaba en el periódico también comprendía una cantidad de dinero, lo que no era así. Con todo, desde esa primera sesión Miguel Ángel se convirtió en una presencia infaltable. Pronto nos hizo ver ­–en un grupo que durante las primeras sesiones se modificaba continuamente con la entrada de curiosos y la salida de desengañados– que su escritura y su avidez formativa eran muy grandes.

            Las sesiones se desarrollaban quincenalmente, los viernes por la tarde y los sábados durante la mañana y la tarde. Desde San Luis Potosí, en un país donde las vías y medios de comunicación eran más escasos y deficientes por esas fechas, iniciaba mi viaje a la medianoche del jueves, por carretera y rumbo a Monterrey, donde tomaba un vuelo de Aeroméxico que hacía una escala en Chihuahua y luego, al mediodía del viernes, aterrizaba en el aeropuerto de Ciudad Juárez que por entonces se hallaba a buena distancia de la mancha urbana y de ninguna manera se encontraba plagado, como en el presente, de paranoia pública y militares ominosos.
            De este modo, luego de alrededor de tres meses de semejante rutina, ya con un grupo más o menos consolidado de asistentes y con la presencia sobresaliente de Miguel Ángel y otro joven muy promisorio, Ricardo Morales Lares, en la sesión matutina de un sábado me tocó entrevistar a un nuevo aspirante a formar parte del taller. Los textos que llevaba consigo me parecieron sobresalientes y el nombre con que los firmaba me llamó la atención: Jorge Torrsedei.

Recuerdo ahora ya muy poco de lo que después ocurrió. Quiero pensar que mi intuición me llevó a captar pequeños detalles de conducta y de lenguaje. El asunto es que pronto descubrí que Jorge Humberto y Miguel Ángel eran hermanos, lo que me permitió abordar el tema del apellido con el cual Jorge firmaba sus textos. Entonces me confesó que alguien le había sugerido el Torresdei por considerar que Chávez es un apellido demasiado común. Le respondí que yo conocía un narrador colombiano extraordinario que se apellidaba García.
Por mi parte considero todavía que al taller de Ciudad Juárez acudí, durante casi siete años, convocado solamente por las sorpresas que me aguardaban con puntualidad. En un grupo que fue magro –pues a los nombres de los Chávez y de Ricardo Morales, a pesar de tantos integrantes efímeros, sólo sumo ahora los de Joaquín Cosío y Rosario Sanmiguel– yo sabía que me correspondía ser testigo de procesos formativos y desarrollos de personalidades creadoras sobresalientes. Es pertinente, pues, ofrecer algunos datos biográficos en el caso de Miguel Ángel y Jorge Humberto.
Su familia proviene de ese territorio, áspero y distinguido, que se forma en la triangulación de tres estados en la zona central de México: Zacatecas, Aguascalientes y San Luis Potosí. Su padre –un Chávez– y su madre –una Díaz de León– partieron a Ciudad Juárez desde sus respectivas historias de dificultad y de riesgo; tales el campo, la pobreza, el matrimonio forzado de dos jóvenes sin más instrucción que una dura costumbre regional: abandonar el lugar de origen, situar sus esperanzas en la frontera norte del país, encaminarse hacia ella sin más referencias que las de uno u otro pariente ya establecido en Tijuana o Ciudad Juárez o Nuevo Laredo, esperando llegar después –al otro día o luego de años– a Los Ángeles o Denver, a Houston o a Chicago.
Es probable que los padres de Jorge Humberto (sin cumplir ninguno los veinte años de edad todavía, dejando atrás las airadas familias, hambrientos luego de un largo viaje que compendiaba una huida: el inicio de la vida en pareja y el sueño del cruce a los Estados Unidos) hayan llegado a Ciudad Juárez a fines de la década de los años cuarenta del siglo XX.

En la zona de Zacatecas de la que ambos provenían una especie de rito iniciático para la edad adulta comprende, en el caso de los varones, el primer cruce exitoso, como ilegales, de México a los Estados Unidos.  Y en la época que los Chávez Díaz de León se instalaron en Ciudad Juárez ­–con la ayuda de parientes y amigos y paisanos–, la postguerra había acelerado el crecimiento económico en ambos lados de esa zona fronteriza.

Cuando los Chávez Díaz de León llegaron a Ciudad Juárez abundaban en ella los espacios de relajamiento ­–dicho sea en términos ineludiblemente moralinos– para el turista del lado norte del Río Grande. Éstos se habían multiplicado durante los años de la Segunda Guerra, debido sobre todo a la gran actividad que se generaba en Fort Bliss, uno de los centros militares más antiguos en el sur de los Estados Unidos, establecido a mediados del siglo XIX, poco después de la guerra entre México y los Estados Unidos tras la cual nuestro país perdió buena parte de su territorio y se encontró con un nuevo límite fronterizo, el del Río Grande, que dio lugar a dos poblaciones de naciones distintas donde antes había existido solo una: El Paso del Norte.
Según las cifras oficiales mexicanas, entre 1940 (la década en que la pareja de los Chávez-Díaz de León llegaron a Ciudad Juárez) y 1960 el promedio del crecimiento demográfico nacional fue del 61 por ciento. No obstante, en la franja de la frontera norte dicho índice alcanzó el 91 por ciento. Esos números hacen de los hermanos Chávez, a la distancia, un dato solamente. Pero la estadística entorpece y se vuelve insuficiente si la llevamos a darnos cuenta del surgimiento de poetas en un medio social e histórico determinados. En el caso de los Chávez yo estimaría que la operación estadística tendría que considerar las variables de la extracción social, la dificultad y el riesgo en las condiciones de vida familiares y de clase, la agitación urbana, la variedad cultural, el bilingüismo, entre muchas cosas más. No obstante, así sólo despejaríamos las cuestiones materiales, históricas; y quedaría en nosotros esa gran perplejidad que siempre me ha acompañado al atestiguar el desarrollo de estos dos autores.

 

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            Si, en mi caso, me tomaba alrededor de doce horas hacer mi viaje de San Luis Potosí a Ciudad Juárez, mediando tres taxis, uno o dos autobuses de pasajeros y un vuelo de Aeroméxico, pronto me di cuenta de que a Jorge Humberto le llevaba el mismo número de horas, en un periplo mucho más incómodo y azaroso que el mío, llegar desde Las Cruces, Namiquipa, en la Sierra Madre de Chihuahua, hasta su nativa Ciudad Juárez. Por entonces él era maestro rural y a mí me quedó seguro, desde sus primeras sesiones, que me encontraba ante un joven –entonces Jorge, nacido en 1959, tenía 21 años de edad– que sumaba las suficientes virtudes como para convertirse en un autor de poesía descollante: el cuidado que ponía en la construcción de sus versos, la intuición como para reconocer en sus lecturas a los poetas que le venían bien a su desarrollo, la autenticidad y la hondura expresivas de quien desea –siguiendo una idea de Juan Carlos Onetti– escribir poesía, más que ser poeta.

            El primer poemario de Jorge Humberto fue un cuaderno, De cinco a siete p. m. publicado por el gobierno de Nuevo León y el Instituto Nacional de Bellas Artes (1981). Tres años después apareció otro cuadernillo, La otra cara del vidrio (Praxis / Dos Filos / Universidad Autónoma de Zacatecas, México, 1984). Luego, en 1987, vio la luz su primer libro: Nunca será la medianoche (Premiá Editora / Universidad Autónoma de Zacatecas, México, 1987). En 1991 se publicó el segundo libro de Jorge Humberto: La lluvia desde el puente (Joan Boldó i Climent, Editores / Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de San Luis Potosí, México, 1991). Y cinco años más tarde apareció el siguiente volumen publicado por este autor: El libro de los poemas (Dosfilos editores / Editorial Ponciano Arriaga, México, 1996), tal vez su título más logrado, por su intensidad y la consolidación de una voz poderosoa, ya distinguida más allá de toda duda. Han mediado algunos otros títulos de volúmenes colectivos hasta su libro más reciente: Ángel (Mantis Editores, Guadalajara, 2009)

 

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 El año de 1981 Jorge Humberto se hizo merecedor a un premio nacional de poesía que ese año se iba a entregar por primera vez en Colima. Al libro galardonado, Mira desde dentro, le cambió el título por el de Es dura la agonía y se mantiene todavía inédito. Uno de los integrantes del jurado de ese certamen fue Carlos Montemayor, chihuahuense, y al enterarse de que el autor galardonado era paisano suyo quiso encargarse de notificarle el fallo. Era un jueves. Jorge Humberto pasaba las vacaciones escolares en casa de sus padres, en Ciudad Juárez. Ésta se ubicaba en uno de los barrios populares más bravos de aquella urbe, asolado entonces por la violencia de las pandillas –y ahora por la multiplicada violencia de narcos, militares, pandillas y policías.

            Con poco más de un año de trabajos, el taller literario del Museo de Arte e Historia se supo distinguido con el premio de Jorge Humberto. Por eso su director, el arquitecto José Diego Lizárraga, notificó el hecho al Diario de Juárez. Este medio noticioso, en una ciudad donde la creción artística local que se tenía como más importante era la artesanía ofrecida a los turistas, cubrió la nota de la manera más simplona. Le tomaron a Jorge Humberto una fotografía que apareció el sábado siguiente en primera plana, con un pie en letras muy pequeñas que decía así: «Joven poeta local gana premio nacional de poesía».

            Ese día, por coincidencia, teníamos sesión de taller –y la íbamos a dedicar al festejo en alguna cantina–. Eso me permitió enterarme de inmediato de un hecho que desde entonces me parece una clave para entender mi relación con Ciudad Juárez, ese taller y los hermanos Chávez.

            Pues me contó Jorge Humberto que muy temprano ese día, mientras él se levantaba, escuchó el alboroto de un amigo de su padre que tocaba a la puerta y lleno de alarma le decía:

            –¡Baltazar!, ¡Baltazar!, su hijo salió en el periódico, ¿pues qué hizo?

 

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 A lo largo de los años me ha tocado en suerte ser editor o colaborar con la edición de casi todos los libros de estos dos autores. Eso me ha llevado a balbucear una u otra opinión o juicio sobre la poética de cada uno. En ninguna ocasión, sin embargo, me he sentido seguro de siquiera bordear con mis ideas lo que me parece uno de los enigmas más estimulantes en mis asomos a la poesía: ¿por qué en el seno de una misma familia surgen dos poetas que parecen excepcionales para una generación y un territorio?

            El poeta inglés, James Fenton, al preguntarse, por el ser y el impulso creativo del poeta, aventura una suposición, a saber: «Nuestros esfuerzos encaminados al arte tienen algo que ver con un momento, o un período, en el que nos sentimos o nos sabemos únicos. […] Mecidos en un regazo fuimos únicos, cuando nuestros padres nos enseñaban todas las cosas que podíamos hacer con nuestros labios y nuestros miembros. Y ese era un tiempo de pura inventiva. Todo lo que hacíamos era aclamado como espléndido. Saltábamos arriba y abajo y nuestros familiares se volvían locos por la sorpresa. Y las palmas de nuestras manos eran batidas juntas. Aprendimos sobre el ritmo y supimos nuevas maneras de hacer un ruido, y cualquier ruido que hiciéramos era elogiado. Y aprendimos como caminar y todos los ojos se posaban en nosotros de un modo como nunca lo iban a hacer de nuevo» (The Strength of Poetry. Oxford Lectures, Farrar, Straus and Giroux, New York, 2002, p. 7).

            De haber sido así en el caso de los poetas Chávez, tendríamos que suponer que cada uno, en su debido momento de desarrollo infantil, fue aclamado y consentido en el seno de una familia numerosa, modesta y alegre. Pero me temo que esa explicación no nos resulte plena, satisfactoria. Por eso debo terminar volviendo a mi memoria y sus traiciones.

            En el hogar de la familia Chávez-Díaz de León, en un barrio de Ciudad Juárez, hace alrededor de 43 años tuvo lugar el siguiente acontecimiento. Los hermanos Jorge Humberto –entonces de siete años– y Miguel Ángel –de cinco– estaban solos en una recámara donde se encontraba alguna cama, otros muebles y la litera donde ambos dormían. Jorge Humberto, quien ocupaba la parte baja, empujaba con su piernas el lecho superior donde su hermano Miguel Ángel gozaba con el juego y le pedía que lo hiciera de nuevo. Y debido al entusiasmo ambos dejaron de medir riesgo o consecuencias. Por eso, llegó un momento en que Jorge Humberto incrementó de tal manera el impulso y la fuerza de sus piernas que en lugar de sentir, tras unos instantes, que el cuerpo de su hermano nuevamente caía en el colchón, vio pasar al pequeño Miguel Ángel por el aire, describiendo una parábola que habría de terminar sobre el piso de cemento.

            Se escuchó el ruido del golpe y luego se hizo el silencio. Miguel Ángel quedó desmayado. Jorge Humberto salió a la calle y no volvió a su casa sino muchas horas después, cuando ya Miguel y sus padres habían regresado del hospital donde éste fue atendido. Ambos recuerdan ese día y yo lo tengo cifrado en mis elucubraciones para despejar la incógnita que ambos representan en mi vida y mi afecto por las letras. Pues quiero pensar que cuando el pequeño cuerpo volaba por el aire uno de los dos entreveía el cielo y el otro columbraba el infierno. El asunto es que todavía no entiendo quién entrevió o columbró qué cosa y todavía espero que sus poemas me lo revelen.

 

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