Armando Cristóbal Pérez

armando-cristobal-01Escritor cubano, residente en la isla, nos envía dos cuentos y su biografía, casi novelada.

 

 

 

 

Armando Cristóbal Pérez, La Habana, Cuba, 1938

…AUNQUE NO LA GUERRA.

Lo tienes frente a ti, sentado. Y todavía no sabes como has de hablarle. Él no sabe de qué se trata, no te conoce, pero sospecha. Y te preguntas si después continuarán siendo las cosas como ahora. Te preguntas si es que acaso temes por él o por ti. Pero resulta inevitable. Necesario. Tiene la mirada hosca, el semblante provocador. Su corpulencia, su reciedumbre, resultan formidables. Pero ese rostro que intenta mantener adusto, muestra su natural candor. Parece un hombre, pero es un muchacho todavía. Dentro de poco tu hijo será como él, menos imponente quizá, menos ingenuo también. Pero tendrá su edad, y enfrentará sus dudas, esas dudas tremendas que después, con los años, se convierten en dulces recuerdos de adolescentes. ¿Y qué es lo que ha hecho? Ha roto libros y pupitres, ha formado escándalos, aún siendo inteligente alardea de torpe. Tiene hermanos, pero ninguno es así. Sus padres son honrados, trabajadores, dados a la revolución. Pero él tiene con ellos muy malas relaciones, que han venido agravándose en estos últimos tiempos. Sí, en estos tiempos las cosas han empeorado. En tal medida, que los compañeros se han acercado a ti. Saben que no es tu campo el de los jóvenes con problemas. Eso lo saben. Pero algo de lo que aflora en la conducta de este muchacho sugiere el claro estigma que impone el enemigo. Este minuto largo en que ambos se observan, te ha permitido organizar algunas ideas por sobre encontrados sentimientos: verlo como un muchacho, valorar un potencial enemigo. Tarea dura ésta. Él te observa también desde ésa, su estudiada actuación de hombre invulnerable. Has intentado establecer el diálogo. No te responde. Ni siquiera presta atención a tus palabras. Es un mutismo raro. También a veces tú eres así y siempre hay una razón para ello. Él debe tener la suya y es tu deber intentar conocerla. Le pides datos sencillos, que conoces muy bien, para poder iniciar la necesaria relación: edad, nombre, otras cosas…

 

Tras un silencio, mantenido con el evidente deseo de mortificarte, responde. Al fin escuchas su voz, una voz todavía dispareja, muy cercana a la de los juegos. Te decides: has conocido su actitud en la escuela y quieres saber las causas. ¿Cuáles pueden ser?, te preguntas; una familia buena, un ambiente adecuado, todo lo que es posible desear y mucho más, demasiado, tal vez…, la escuela, el porvenir, esas actividades que a todo muchacho gustan: las fiestas, los deportes. ¿Las causas de qué?, te dice, invirtiendo los papales en hábito ya adquirido, aprendido quién sabe cómo. Que lo dejen tranquilo. Ya se lo preguntaron. Lo a dicho miles de veces. ¿Hasta cuando preguntas y preguntas? ¡Así no se trata a los hombres!

 

Al menos ha roto el silencio. Eso es algo, te dices. Precisamente, insistes, sus respuestas son ambiguas, poco claras, incompletas. ¿Y qué quiere? ¿qué le cuente mi vida?, te responde altanero. Por un momento sientes que te bulle la sangre. Acopias la paciencia de siempre, la que tanto utilizas. Pero en esta ocasión no te resulta fácil. Si fuera con un hombre, una mujer incluso, si fuera un enemigo, sabrías exactamente cuándo tener paciencia y cuando dejar bien claro que todo tiene un límite. En última instancia, con un adulto actúas de igual a igual, sin temor a herir o golpear esa coraza que todos ciñen cuando van a la guerra. Pero con él otra es la cosa. Ni siquiera es un hombre aunque se lo imagine, confiado en su estatura, su fuerza y sus andanzas. Además, ¿qué sabes de esta edad, como no sea de la tuya, tan distinta?

 

Te sorprendes reflexionando que ya es hora que aprendas, que todos los muchachos de esta edad serán hombres y mujeres mañana, en tanto tú seguirás viviendo y trabajando; que aún tu propio hijo llegará a ese momento. Y debes prepararte para tratar con ellos.

 

Te incomodas. No te gusta su tono. Además, se supone que no es como psicólogo o como padre que hablas con él ahora. Aquí hay un problema de trabajo que debes resolver, y es con él con quien debes resolverlo. Edad, nombre, otras cosas, las fiestas, los deportes… le preguntas de repente cuál esta practicando. Se sorprende. No habla, pero se sorprende. Y algo en su mirada te indica que debes insistir. ¿Es que acaso con ese cuerpo no práctica un deporte? ¿No le gusta ninguno? Procuras olvidarte de todo y obtener, de cualquier manera, una conversación estable. ¿La pelota? A todos gusta la pelota. ¿Acaso el balompié? ¿la lucha? ¿campo y pista? Tal vez, ¿la natación? El muchacho te mira. El tema le interesa. Sus ojos te valoran: ¿sabrá de lo que habla?, parece preguntarse. ¿Será acaso una trampa?, duda. Yo practico la caza submarina, le dices. Te mira de arriba  abajo. Te analiza. Calcula tu respiración, la amplitud de tu pecho. Observa ese tabaco que has dejado en el cenicero. Y sonríe. No es sonrisa de burla o de ironía. Es el primer motivo de un reconocimiento.

 

-¿Fumando?- te pregunta travieso.

 

Te introduces en el tema. Sí, no has podido dejarlo. Te lo hace más difícil, es cierto. Pero fumas y practicas,  las dos cosas a un tiempo. Y le cuentas de esas maravillosas aventuras en el agua, muchos metros abajo, por entre los corales y las rocas, con el arpón, y de la pesca le hablas, y de aquella tonina que le dio tanta guerra a ti y al capitán Dionisio, y ahora, entusiasmado le cuentas de esas noches fosforescentes, esperando la mancha, o tras esa corrida de pargos en el golfo, y continúas hablando de la caza de patos. Y ahora él te pregunta muchas cosas. Y conversan. ¡Conversan! Recobras el ánimo y regresa tu confianza y reafirmas que siempre, no importa con quien sea, se puede hablar. Y naturalmente, regresas a tu objetivo.

 

-¿Y cuáles practicas?- le dices

 

Y él se calla de nuevo. Se ensombrece su rostro. Le gusta el polo acuático. Hace dos cursos estaba en un equipo. ¿Y ahora?, le preguntas, y piensas que vas por buen camino. Ahora no, lacónico responde. ¿Y por qué?, sigues hablando con el mismo entusiasmo, aunque ahora tus preguntas se dirigen conscientemente al punto necesario. Hace dos cursos tuve un problema…De momento, ha cambiado. Retorna a su hosquedad. Procuras restarle trascendencia: ¿Y otro no te interesa? Él te mira intrigado, como si cavilara cuál es realmente tu intención. ¡No!, te responde. ¿Y no puedes volver a practicarlo? Sus ojos te miran recelosos: usted sabe que no. ¿Y por qué? ¿qué cosa tengo que saber? Ese problema, dice, ¿cuál problema?, el que tuve, no se cuál, le contestas.

 

-¿Y eso qué le importa?- te dice en un arranque de rabia

 

De nuevo ha echado el muro, pero ya no te incomoda. Vuelves a comenzar: ¿qué fue lo que pasó? Con fastidio responde, pero responde: me sacaron del equipo. Te mira desafiante: golpeé a un compañero y boté la pelota. Le restas importancia: pero bueno, ya eso pasó, ¿por qué no te incorporas de nuevo? No me dejan, dice ahora dolido, pero enseguida asume su papel: además, ya no me interesa. Me gustan otras cosas, añade indiferente. Pero es claro que finge.

 

-¿Y tus padres?- preguntas

 

Lo sorprendes de nuevo. De momento no dice nada. Alza los hombros. Baja un poco la cabeza. Bueno, a veces los padres no lo entienden a uno, comentas. Asiente en silencio. Pero tus amigos seguramente te ayudarían en esto, continúas. A ellos no les interesa el deporte, te dice como si estuviera solo.¿Entonces por qué te relacionas con ellos? Te sonríe con cinismo: porque son gente dura,sí, saben lo que quieren, consiguen cualquier cosa, no tienen temor a nadie, mire, mire este reloj, ¿lo ve?, y enseña el calendógrafo a prueba de golpes y de agua, como para jugar polo acuático. Él me lo regaló…

 

Has llegado a un punto clave y temes echarlo a perder, no saber el acento preciso, la pregunta adecuada, el comentario exacto que debes utilizar. Optas por no precisar ahora y lo anotas mentalmente. Decides tantear por otro rumbo: ¿por qué te comportas así? Vuelve entonces a lo mismo, como si se encerrara en otro mundo, como si a propósito cortara la comunicación. No todo es psicología, te dices. Pero es preciso: ¿has practicado la caza submarina?  Te dice que no, tal vez un poco cansado de este interrogatorio anárquico. Debes aprovecharlo: ¿quieres ir conmigo? El interés le brilla en los ojos. Pero es inteligente, no es ningún principiante. ¡Usted lo que quiere es que yo hable! ¡Investigarme! Efectivamente, no todo puede ser psicología, al menos de este tipo.

 

Nada hay que investiga, comienzas muy sereno. Ya estás más que investigado. Tu comportamiento es pésimo: has roto libros, pupitres, has dado escándalos. Pero no es por eso que yo he venido a hablarte. Es por ese letrero en la pizarra, le dices ya irritado. Casi eres un delincuente, ¿acaso no te das cuenta o lo haces a propósito? Sólo tu edad, tu familia, el que no hayas hecho cosas demasiado graves hasta ahora… ¿qué tienes tú en contra de esto?, ¿cuáles quejas puedes tener? El muchacho se calla. Un hombre, cuando es un hombre, tiene que hacerse responsable de sus cosas y si tiene cosas que decir, decirlas como es debido, continúas. Le hablas y piensas en tu hijo, ese que dentro de algún tiempo será como éste, un poco menos corpulento quizá, un poco más maduro tal vez, estos padres se han descuidado demasiado tiempo, ¿qué esperas de la vida?, le dices. El muchacho sigue hermético. Te levantas. Te le acercas. Instintivamente se prepara como si fuera a recibir una agresión. Entonces te decides a mentir para salvarlo.

 

-Ha sido detenido- le dices

 

Te mira interrogante.

 

Sí, ese tipo extranjero que te dio el reloj. Es un agente enemigo, hace diversionismo, sobre todo con hombres como tú –y has pensado decirle muchacho, y después has dicho hombre, porque no es más que un muchacho-, nos dio tu nombre y el de otros. A él también le pagan por eso. Y ese reloj es tu precio, ¿te das cuenta?, ¡qué barato!

 

Te detienes y lo observas. Ahora está cabizbajo. Entonces, sin siquiera un suspiro, le preguntas: ¿practicamos o no? El muchacho no entiende. No puede hacerlo, te responde ingenuamente, le gustaría, pero ya no lo dejan entrar en el equipo y además, ahora, con esto… ¿Esto? ¿qué cosa?, le preguntas como un amigo a otro en una discusión, ¡déjate de malacrianzas! ¿Estas dispuesto a ir de caza submarina con un viejo?

 

El muchacho sonríe francamente. Te mira de arriba abajo. Usted todavía no es viejo, dice. Hace un gesto condescendiente con el rostro. Parece estar en buena forma todavía, añade. No puedes evitar sonreírte. ¿Por qué no vamos ahora?, le dices. Te observa con detenimiento. Dice que sí. Pero no se levanta.

 

-¿Qué pasa?-le preguntas.

 

-Ese tipo, el extranjero…

 

-Sí, ¿qué?- dices como si no entendieras, pero seguro de que marchas con buen tiempo.

 

Que le cuentes, te pide. Lo ha hecho con varios, es su trabajo, le explicas. ¿Amigos?, te pregunta. No tiene amigos, son sus instrumentos: él los maneja como quiere, les hace regalos y los utiliza. ¡Bueno, vamos!, insistes.

 

Ya está de pie, pero te detiene con la mano: ¿Y qué busca  a cambio? Destruirnos, a todos, le dices frente a frente, muy serio. Se te queda mirando.

 

-Yo los conozco bien –murmura- Estuve donde viven.

 

-Lo sabemos- le respondes.

 

El muchacho no se mueve. Está encolerizado.

 

-Pero, ¿no me entiende? Él me ha contado cosas…

 

-¡Luego me las dices! ¡Vamos!

 

-Yo no tengo equipo, no he practicado nunca- dice lastimero, como si la frase fuera a robarle un mundo,

 

-Yo te presto mis cosas o conseguimos otras. ¿Quieres venir o es que tienes miedo?- lo provocas cordialmente.

 

Ahora te sonríe, de igual a igual, en todo. Sientes que has ganado una batalla grande… aunque no la guerra. Sabes que aún es tiempo. Que tú mismo has ganado. Que siempre es posible conversar.

 

Entonces te pregunta:

 

-¿Y tú cómo te llamas?

 

-Ulises- le respondes de igual a igual también, mientras piensas que después habrá que buscar a ese extranjero desconocido. Después…

(1983)

Armando Cristóbal.

Del Libro …aunque no la guerra., Editorial UNION, La Habana, 1983

 

 

 

ENCENDIDA FIESTA LA DE LA PLAZA

 

Te mira con gesto burlón, con esa sonrisa que encubre el miedo. Y temes. Porque lo conoces profundamente. Desde hace tanto, que es casi ya un hermano para ti. Más. Mucho más. Ahora no puede desentenderse de lo que tan claramente le dices. Por un momento –por un breve instante, por esa fracción de tiempo en que pliega los labios, marca el entrecejo y cierra los puños- parece que habrá de embestir con furia incontrolable. Es así como ahora lo evocas. Pero no es eso lo que te preocupa. No será la primera vez que reaccione de tal manera ante tus palabras: como cachorros que se muerden para comer juntos después. Lo sabes. Tú estás a salvo de esa cólera. Es sólo el primer arrebato. Después queda en tus manos y te cree y hace lo que digas. Como si algo indefinible le obligase siempre a reconocer que tienes razón.

 

A eso temes. A lo imprevisto de su actitud ante una situación como ésta. No un rumor, ni un comentario: cosas tangibles. Te exigirá pruebas. En este caso las pedirá, aunque seas tú quien se lo diga. Imaginas cómo su frente se dilata, cómo el ceño se distiende, cómo los labios se entreabren para admitir que el aire llene sus pulmones, cómo los dedos se separan, con tal lentitud que sólo te das cuenta por el rastro –de un blanco tenue primero y un rojo subido después- que han dejado las uñas en la piel. Ahora te dice una de esas palabrotas. Te insulta. Pide pruebas al fin. Es entonces cuando la náusea te invade. Porque las tienes y puedes darlas. Pero te estremece pensar en ella.

 

Una casualidad. Porque la fiesta existe permanentemente. Basta salir a su encuentro. Y esa noche, en la terraza del hotel, con la ciudad a los pies y las montañas y el mar silueteados a lo lejos, la casualidad la puso en medio de un grupo de amigos. Tan distinta, con tal hechizo, que inevitablemente tenías que verla. No hubiese sido posible mirarla como hiciste y seguir tu camino. Tal vez la música y la noche se habían confabulado. Tendría que ser una conspiración de todos lo que te arrojó, casi con violencia, a su encuentro. Pero el resto no podría adjudicarse al azar. Fuiste tú el provocador. Desde que miraste con fijeza impertinente a sus ojos y lograste que descubriese fugazmente tu mirada, hasta que con gesto nervioso comprobó la obsesiva persistencia de tus pupilas. Te acercabas al grupo, pero sólo a ella mirabas. Te acercabas. Y ella pretendía no advertirlo. Aún estrechabas las manos de unos y besabas –apenas un roce de labios en las mejillas- a otras, cuando tus ojos, revoloteando alrededor de su figura dibujábanla en el aire: ella desnuda en el espacio. Entonces, alguien los presentó. Con esa fórmula rápida, convencional, absurda, que no deja constancia de identidad alguna.

 

En silencio la tomaste del brazo y juntos caminaron hasta  el centro del salón. Ceñiste su cintura con tu brazo. Sentiste deslizar la seda del vestido sobre su piel bajo la presión de tu mano. Se humedecieron tus dedos con sudor de su cuerpo. Siguieron girando con ritmo propio, mucho después que terminara la música con un metálico tronar de trompetas sobre golpes de percusión. Ya entonces estaban acodados al balcón, vueltos sobre la encendida fiesta de la plaza. Con la ligereza de las enredaderas fueron tramando la conversación de los tanteos, hasta llegar de nuevo al nombre. El suyo nada podía decirte. Pero el tuyo produjo un deslumbramiento en ella -¡Al fin te conocía!-, tanto y tanto que le habían hablado de ti y ahora tu nombre tenía estatura y peso. Reía. El halago venció una cierta sensación de ridículo en ti. Te olvidaste de todo y seguiste el juego que suponías coquetería y desplegaste todas tus astucias hasta llegar a la fresca habitación de los altos. Sin luz –iluminada con el fulgor que brota de las cosas en plena oscuridad-, descubriste esa imagen múltiple que integra todos los sentidos: la sombra de un perfume, el ritmo de los cuerpos, el tacto de as palabras. De pronto se hizo agitado el aire y la piel se tornó áspera de temores.

 

-Es que tengo marido-musitó

 

Y a ti, ¿qué podía importarte? ¿No estaba ella aquí por su propio deseo? Es más, ¿no lo había mantenido oculto hasta ahora?, ¿no era muestra de liviandad? …¿de insatisfacción acaso? En fin, sentiste orgullo, y lejos de ser un obstáculo resultó un incentivo. Tus manos recomenzaron el sensible trabajo del tornero, con la golosa fruición de quien, acostumbrado a los placeres, disfruta haciéndolos gozar. En vano resultaron las caricias, las palabras, la presionante violencia de tu cuerpo. Estaba su mente en otra cosa, y era una inerte, fría, ajena criatura. Porque algo más había de decirte.

 

Entre sollozos y suspiros te revelo el secreto –ese que no podías haber adivinado-, el de su júbilo al conocer tu nombre, el que en un principio te hiciera crecer la vanidad engreídamente. Tu nombre, repetido por el otro, quien a cada momento te mencionaba. El otro, que te adornaba de virtudes, y conformó una ideal imagen que terminó por convertirse para ella en obsesión de conocer –por amor al otro-, a quien sólo con ella compartía en cariño.

Mucho más te dijo, pero desde sus primeras palabras, un inmenso vacío se produjo en tu razón y escuchaste sus revelaciones como si te contaran la historia sin sentido de un extraño. Ahora pensabas en él, casi un hermano. Y una tremenda ira –primero contigo mismo por no haberlo adivinado, después con ella por decirlo demasiado tarde, con él por ocultártelo, de nuevo contigo, hasta no saber exactamente a quién reprochárselo- te fue ganando poco a poco.

 

-¡Ponte la ropa y vete!-dijiste.

 

Ese fue el primer momento difícil. Porque tus manos la buscaban en la oscuridad. Y porque, de pronto, fue todo tu cuerpo una brasa. Ella, sin un suspiro siquiera, con la cartera en las manos, muy cerca ya de la puerta, a punto de marcharse, dio una pequeña carrera hacia ti. Te dio un beso tibio –convulso como una paloma que huye del cazador dándole gracias-, y se marchó: serena, con la tranquilidad de haberse detenido en el momento justo, de haberte impedido caer en un error irreparable, casi aureolada por la pureza. Como si bastara un momento de contrición. Como si una intención practicada no fuese suficientemente culpable, sólo porque no culminase. Y algo nuevo vino a añadirse a ese contradictorio sentimiento que te embargaba: él te la arrebataba en la memoria cuando la tenías tú en los brazos, ella burlaba tu vanidad y tu deseo escudándose en él.

 

Al fin creíste llegada la serenidad tras esta larga caminata nocturna por calles empinadas: esa mujer no le conviene, te dices al llegar junto a esta puerta.

 

Sabes que él te mirará con gesto burlón, queriendo no comprender, con esa sonrisa que encubre el miedo. Te pedirá pruebas y tú las tienes. Pero sospechas que, por primera vez, desoirá tu consejo.

 

De nuevo te estremeces al recordarla en la entrega inconclusa, mientras tocas a la puerta. Y es ese recuerdo, verdaderamente, lo que temes.

 

Armando Cristóbal (1982)

Del libro Un traspatio en el jardín, Editorial Extramuros, La Habana, 2005.

 

 

 

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Armando Cristóbal Pérez

 

Nació en La Habana en 1938. Hizo los estudios primarios y se graduó de Bachiller en Ciencias. En 1956 comenzó a trabajar como oficinista y en 1961, pasó al Centro de Investigaciones del Ministerio del Trabajo. En 1963 ingresó como oficial en el Ministerio del Interior hasta 1976, cuando fue solicitado por el Departamento de Ciencia y Cultura del CC del PCC. En 1982 fue electo en Congreso, miembro del Consejo Nacional y Secretario Ejecutivo de la UNEAC, de la que era miembro desde la década anterior. En 1986 fue designado Consejero Diplomático en Moscú: y en 1988, con el mismo rango, fue trasladado a Varsovia.
Al regresar a La Habana en 1990 asumió la dirección de la Editorial “Arte y Literatura” y algún tiempo después, también de la de “Letras Cubanas”. En 1996 fue nombrado director de la Editorial de “Ciencias Sociales” hasta 1998, fecha en que se jubiló.
En 1999 fue designado Ministro Consejero para asuntos culturales en la Embajada de Cuba en España, de donde regresó en 2004.
Es Licenciado en Ciencias Políticas (1972) y Doctor en Ciencia Política de la Universidad de La Habana (2001). Es Profesor Titular de nivel universitario. Es Vicepresidente de la Sociedad Cubana de Investigaciones Filosóficas; y subdirector de la revista internacional de teoría “Marx Ahora”.
Como escritor, cultiva el ensayo y la narrativa. Su debut literario fue en 1960 con un cuento publicado en el suplemento cultural “Lunes” del periódico Revolución de La Habana. Ha publicado alrededor de 20 libros, entre ellos, algunos premiados. Su novela más conocida es “La ronda de los rubíes”, de género políciaco.
Su libro más reciente (“El Estado Nación. Su origen y construcción”) fue presentado en la Feria Internacional del Libro de La Habana en febrero de 2009.

 

 

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PARA LA OTRA GACETA.

Armando V. Cristóbal Pérez

Nací en La Habana Vieja el 14 de febrero, Día de San Valentín, de 1938. Desde niño tuve inclinaciones por las artes plásticas, que he continuado cultivando autodidactamente. Sin embargo, hice el Bachillerato en Ciencias. Y en 1961, después del triunfo de la revolución, ingresé en la Universidad de La Habana, para cursar la Licenciatura en Diplomacia. Eran tiempos complicados y sólo pude llegar al tercer año. Dos años después, matriculé en Ciencias Políticas y apenas  completé el segundo. Todo estaba revuelto y yo me movía por todo el país. Pertenecía a las Milicias Nacionales y con ellas no sólo fui movilizado cuando la invasión por Playa Girón, sino que participé en la lucha contra las bandas de forajidos en las montañas, al centro del país.  Finalmente, me reincorporé a la Universidad. Y me gradué en 1972.

Desde muchacho era un buen lector y –como siempre pasa- escribí algunas cosas que no enseñé a nadie y destruí. En 1960 envié un cuento al Suplemento Literario LUNES del periódico Revolución de La Habana, y –para mi sorpresa- lo publicaron con una nota de presentación. A partir de entonces, participé en otros concursos, de poesía, de ensayo, y obtuve menciones. También escribí un esbozo biográfico de una personalidad histórica, que me dio cierta reputación, aunque no llegó a publicarse. Y en  1972 –había ingresado en el Ministerio del Interior en 1963- participé en el Concurso Aniversario de la Revolución (de Género Policíaco), que se publicaba por primera vez. Y gané el Premio en Novela, con Explosión en Talapiedra (que no sería publicada hasta siete años después). 

Desde entonces, me he dedicado sistemáticamente a la literatura y otras actividades de la cultura, aunque sin dejar de hacer otros trabajos, desempeñar diversas funciones y realizar distintas ocupaciones laborales, incluso simultáneamente: desde 1976 en aspectos organizativos y culturales desde el Partido; desde 1982, como Secretario Ejecutivo de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) -electo en Congreso-; desde 1986, como Consejero Diplomático en la Embajada cubana en Moscú; desde 1988 , con el mismo cargo, en la Embajada cubana en Varsovia. En 1991, al retornar a La Habana, acepté la propuesta de dirigir la Editorial “Arte y Literatura” (a pesar de que no había dinero para producir libros). En 1993 asumí, además, la dirección de la Editorial “Letras Cubanas” (la más importante del país) y seguí con las dos editoriales, hasta que en 1997, el Presidente del Instituto Cubano del Libro, me pidió dejar el ámbito literario,  para que asumiera la dirección de la compleja Editorial de Ciencias Sociales, lo cual acepté, conjuntamente con la subdirección de una revista internacional de teoría : “Marx Ahora”, con la cual he continuado.

 

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Es que, yo –a pesar de todo- no había dejado mis estudios de ciencia política. En 1983 había participado de un Seminario en el Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias, donde abordé por primera vez  como tema de investigación, los problemas de la nacionalidad, la nación y el estado, e hice mi primera publicación sobre el tema en una revista especializada. Inicié entonces un Doctorado sobre el mismo tema –desde la filosofía- en el propio Instituto. Aunque la misión diplomática en Moscú interrumpió el Doctorado, yo seguí estudiando el asunto por mi cuenta mediante entrevistas a académicos, profesores y otros especialistas, la investigación en archivos y visitando 8 de las 15 repúblicas de la entonces URSS.

 

Pero, tampoco había abandonado la literatura. Así, en 1973 había vuelto a participar en el Concurso de Género Policíaco con otra novela: La ronda de los rubíes, que obtuvo el Premio y se constituyó en un éxito nacional con  siete ediciones sucesivas, más de un millón de ejemplares, su transmisión como serie radial en dos emisoras distintas y su traducción a varios idiomas europeos. En ese mismo año obtuve mención en el Concurso de la UNEAC, con una novela histórica basada en mis experiencias personales en las Milicias: La batalla. (publicada con posterioridad, en 1988)  Y en otro concurso, en el propio 1973, me otorgaron mención a un libro de cuentos… que nunca se publicó. De ese período de los 70 a los 80, son mi libro de cuentos policíacos “…aunque no la guerra”, mis cuentos para niños de Fábulas del monte, la noveleta contemporánea  La máquina, y  los ensayos de Un tema cubano en tres novelas de Alejo Carpentier  (Premio de la Fundación que lleva el nombre del escritor cubano). En 1983, con un grupo de colegas, fundé la Sociedad Cubana de Investigaciones Filosóficas, de la que ahora soy vicepresidente. Durante todo ese período visité por razones profesionales México, Venezuela, Colombia, Panamá, España, Italia, Grecia, Francia, Bulgaria, Checoslovaquia, Polonia, las dos Alemanias (RDA y RFA), Angola y Vietnam, entre otros países. Fue durante ese período cuando el Consejo de Estado me otorgó, a propuesta del Ministerio de Cultura la “Distinción por la Cultura Nacional”.

 

En 1998, dejé la Editorial de Ciencias Sociales, y me acogí a retiro con la seguridad social, para dedicarme por entero a la literatura y la ciencia. En el primer campo inicié un “thriller” (Cena con Buda ) actualmente en proceso de edición (no se sabe cuándo se publicará) y reinicié el Doctorado -con el mismo tema-, pero desde la Ciencia Política.  Sin embargo, en 1999 nombraron a mi esposa Embajadora de Cuba en España y yo la acompañé con el rango de Ministro Consejero para asuntos culturales, lo que me permitió continuar investigando el problema nacional sobre el terreno. En 2001, en medio de unas vacaciones en La Habana, defendí y aprobé el grado científico de Doctor en Ciencia Política con ese tema.

 

No obstante, en España, tampoco interrumpí la actividad literaria y cultural. Diariamente transmitía telefónicamente una crónica de 5 minutos sobre el acontecer cultural para una emisora radial cubana que la transmitía en vivo; preparé y publiqué una antología de prosa y poesía del Héroe Nacional Cubano José Martí; se publicó un conjunto de ensayos míos sobre escritores cubanos (D.M. Loynaz, J. Martí, J.A. Portuondo, N. Guillén, A. Carpentier) titulado Literatura y sociedad en Cuba, que tuvo dos ediciones en el propio año (Madrid y Málaga); y  una investigación socio-cultural titulada Del acoso a la consagración: la Cuba del siglo XX en la novelística de Alejo Carpentier. Desde España viajé a Portugal, Andorra,  Francia y Bélgica.

 

A mi regreso definitivo a Cuba en 2004, terminé y publiqué sendos libros de cuentos: una autoselección de los que había publicado en revistas, que titulé Un traspatio en el jardín; y  un conjunto de narraciones escritas durante mi estancia en Varsovia, en medio de los cambios en los países del Este,  que titulé Las puertas del infierno también son verdes.. Me concentré entonces en continuar la investigación del tema del Estado-Nación; he dado clases en la Universidad y en el Instituto de Relaciones Internacionales; he participado en procesos de defensas de Maestrías y Doctorados; he escrito prólogos, presentaciones y he asesorado la publicación de libros de otros autores.

 

Entre 2006 y 2008, realicé una investigación de campo en Guanabacoa (tierra alta de aguas, en lenguaje aborigen), el territorio donde vivo -un lugar legendario en la cultura cubana-, visitando portadores materiales de la cultura folclórica y religiosa, de las raíces afrocubanas, de músicos, pintores y escritores locales de prestigio internacional; museos, monumentos, ceremonias religiosas, cementerios, archivos, hasta lograr una serie de 50 crónicas transmitidas por el portal CUBARTE del Ministerio de Cultura y por la Página WEB de la UNEAC, presentadas ahora como libro a la Editorial de la propia UNEAC. En este momento dirijo el Comité Editorial de la SCIF para la preparación de un Léxico de la “Nueva Ciencia Política desde el Sur”. Estoy preparando un Panorama de la Literatura Policiaca en Cuba, a solicitud de la Editorial Letras Cubanas. Mi libro más reciente, es el resultado directo de la tesis del Doctorado y se publicó en 2008 y se presentó en febrero de 2009 en FILH, titulado El Estado Nación. Su origen y construcción.

 

Llevo casado 39 años con la misma mujer. Tengo dos hijos (un cibernético-matemático   y una socióloga) y dos nietos (uno de 12 años y el otro recién nacido). En fin, supongo que esta es una vida como cualquier otra. Pero ahora, cuando leo estas notas, me doy cuenta que esto no es propiamente un “ficha biográfica”.

Armando Cristóbal

 

 

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Un comentario en “Armando Cristóbal Pérez”

  1. Armando,

    Es Esthercita, la madre de Fernando. Me da mucha pena que no le he mandado la medicina pero se me perdió su dirección. Perdone me pero necesito que me mande su dirección y el nombre de la medicina de William. Lo puede mandar a este buscón. BGarcia103@yahoo.com

    Con mucho cariños para ti y tu familia
    Esther

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