De atrasalante en su porfía

atrasalanteMarco Antonio Campos ofrece una lectura puntal del libro más reciente de Juan Gelman, De atrasalante en su porfía. Una obra que nos muestra la infatigable voluntad creadora de su autor.

 

 

 

 

Juan Gelman

Restos

 

 

gelman-campos

 

 

Cuando la lengua se olvida del lenguaje
asoman restos nocturnos.
¿Qué hace allí la palabra
arrastrada a pensar los siglos tristes
que lleva en sus heridas?
Los espejos de rabias rápidas
como la lejanía que
ata pampas del odio con
nudos de la memoria.

 

¡Viva lo que nace y queda de
sueños del día en las almohadas!
¿Qué somos sino eso?
Lo otra extiende horizontes delicados
donde perrea el no.
La hermana luz bebe tu espera
lejísima de pies,
principio que eligió la rueda
para volver, volver.

 

 

 

 

ADIÓS DIJO LA PALABRA ADIÓS

Marco Antonio Campos

 

En la Editorial Seix Barral de la Argentina se publicó hace unas semanas Atrásalante en su porfía de Juan Gelman. Si algo distingue este volumen de dulzuras trístidas, de dolores parsimoniosamente ahondados, de anteriores libros escritos en México en lo que va de la década (Valer la pena, País que fue será, Mundar), es que la caballa del reloj parece acercarse a “la casa de la noche”. Toca a la puerta. Aquí y allá en versos hallamos premonitorios pájaros negros, las inminencias de la frontera del allá, como si Gelman se pusiera emblemáticamente, igual que en la perturbadora cinta  de Ingmar Bergman (El séptimo sello), a jugar ajedrez con la muerte y apostar a las posposiciones, pero viendo el invierno en el árbol que se deshoja. Por ejemplo, en la bella elegía a la muerte del poeta asturiano Ángel González, Gelman dice: “En la espera de la estación siguiente/ hay ya huellas para mí”. Se está bien aquí, parece decirnos Gelman: se tristea, nos tristumba “la gran dolora”, hay sobre todo el desgarrón, pero se está bien aquí.
   Se está bien aquí, claro, y más para un hombre como él que ha vivido varias vidas y ha desvivido otras, y que, como fervoroso ateo, tiene la convicción de que no hay nada en la región de donde nadie vuelve. ¿Acaso no lo dice con dejo vallejiano?: “¿Cuándo, cuándo las mesas,/ las sillas, las matanzas,/ le dirán que/ ha entrado en la sombra de sí mismo/ y no hay/ flores blancas allí?”.

 

   Se está bien aquí, claro, porque el mundo en que vivimos tiene algo al menos cuando existen la mujer amada, la poesía, la deleitosa amistad, la magia rota de la infancia. En este libro las piezas amorosas son un aire de palomas de Mara y para Mara, un aire repasado por los años. O bien leído: para Gelman Mara es sencillamente el anagrama de la palabra Amar. El amor de ser amado, diría él, como pudieron decirlo los románticos alemanes, “crece en un árbol de oro”.

 

    Se está bien aquí, claro.  Aun si ha escrito ensayos literarios (Miradas) y tal vez miles de artículos periodísticos Gelman es ante todo un poeta y su obra un dilatado poema río. Siempre próximo a la poesía de Vallejo y Celan, perteneciente a la familia de los checos Jan Skácel y Jaroslav Seiffert o el quebequense Paul-Marie Lapointe, no es de ninguna manera un poeta sencillo ni ligero. En sus poemas hallamos casi siempre una zona oscura, pero la cual suele llegar a ser tan o más intensamente humana que la legible. ¿No dijo el poeta alemán Reiner Kunze: “Hay velos en la poesía que no podemos quitar y quedar como antes”? A esa oscuridad melancólica o dolorosa, favorecen o influyen esas frases calculadamente inconclusas o que bellamente crean sus propios significados:”adiós dijo la palabra adiós”, o “lo que cinturonea los talveces que fueron”, o “¿y qué viaje hay de sí a sí que nadie guía?”, , desde luego, los inevitables neogelmanismos: fusilaciones, asomaciones, aujeros, tiempa, plurivida, osculuz…

 

   Se estaba bien aquí, se está bien. El paso de los años lo llevan a asomaciones a una infancia de pobreza dura pero con destellos de oro, cuando apenas llamaba la comida y los zapatos se negaban a estar completos. Aquella infancia donde están las figuras queribles del padre carpintero y una madre severa, pero cercana, cercanísima en su lejanía, y vemos a una niña de 9 años, una flor llamada Ana, “que no quiso mi quise”. Una infancia donde imaginó la Ukrania de los padres para encontrar el no fue.

 

   Si bien han disminuido en los últimos libros las piezas políticas hay aquí menciones a una “justicia enferma”, a las leyes de ceniza, a la niñez sin luz de millones de niños del mundo que desde ya y ayer perdieron el porvenir, o hay algo que parece una alusión a los años de una guerrilla que se niega a ser antigua: “Dormir en un silencio se puede,/ en la derrota, no”. O estos versos que de tristeza desencantan por la conciencia del fracaso de la gran palabra del siglo XX: “¿Somos? La Revolución paró en algún lado”.
   Se estaba bien aquí, se está bien, claro, pero atrásalante debe porfiarse, aunque se caiga en un “lecho vacío”. Por eso uno no deja de sentir ese llamado urgente que es más en él una íntima necesidad: “Poesía, apurémonos antes/ de que la oscuridad sea completa”.  

 

 

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