Alexis Gómez Rosa

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Poeta dominicano y ahora diplomático cultural en Uruguay, es entrevistado por su compatriota, la novelista Roira Sánchez.

 

Atreverse a morir en cada página
ALEXIS GOMEZ ROSA
o la entrega hecha poesía

Roira Sánchez

 

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¿Cuáles características definieron su formación literaria?

Como hijo de la generación del 60, toda nuestra cosmovisión del mundo en relación con la literatura y la realidad que la sostiene se produjo “sobre la marcha”. (título del primer libro de poemas de Norberto James que, a la vez, refleja la una de las características más visible de la época: la improvisación). En el bachillerato, con los amigos que posteriormente me acompañaron en el proyecto literario del grupo La Antorcha, fui definiendo gustos y afinidades de una vocación que con los años ha cobrado perfiles muy particulares en su ramificación y complejidad. Yo te diría que comencé a hacer camino al andar intercambiando libros, discos, nombres;  visitando las vacas sagradas del parnaso: poetas mayores de menor cuantía y, en ese largo camino de búsqueda insaciable y sed infinita de un ideal de belleza, fui consolidando mi formación artístico-literaria entre los huecos y desatinos de una gran insuficiencia. 

Bueno, has escrito  fundamentalmente poesía; ¿pero has tenido algún acercamiento a otro género literario?

Sí. He trabajado narrativa y crítica literaria y de arte. Publiqué algunos ensayos en periódicos y revistas del país y del extranjero: los ensayos de una imposición académica. Recientemente obtuve el primer lugar de un concurso de cuentos auspiciado por la Secretaría de Cultura con el tema del béisbol, titulado: “The real thing”.Tiempo después, poco tiempo después, obtuve premio en el Concurso de FUNGLODE con el cuento “Oir y nada decir, una mañana”: los cuentos de un mal endémico. Allá en el barrio todos eran cuentistas.
Participé con dos relatos que forman parte de mi libro Mesa culpable: una obra en la que vengo trabajando desde mis días niuyorquinos y que, al igual que la poesía, no busca hacer concesiones a un gusto huero y acartonado. 

¿Con qué género literario se siente más cómodo escribiendo?

Para mí el trabajo de literatura es uno sólo. Por ser un acto de lenguaje no establezco mayor diferencia entre hacer poesía o cuento; analizar un hecho o formular tesis desde el ensayo. Se podría decir, incluso, que la narrativa se ha convertido en el espacio donde revientan otras manifestaciones del lirismo: allí la poesía ha ganado pulmón; respiro a mis anchas. Si antes la escribía (la poesía) pidiendo permiso entre un verso y otro; ahora, cuando narro, la siento brotar con la elocuencia de un poderoso caudal. Escribo siempre con vocación de desafío, de apuesta. De ahí que me niegue a repetirme abultando de libro en libro un currículum que ahoga el valor real de la escritura.

¿Por qué lo inquietó la poesía?

Si se puede hablar de un género literario en Santo Domingo es de la poesía. Desde la escuelita hogar y las veladas dominicales, en una primera edad, el género a través del cual todo se canalizaba era la poesía: el amor y el desamor; la patria y sus héroes; la vida y sus imponderables. Es el género de mayor tradición en el país y, por tanto, hay más poetas en él que trabajadores en la nómina del Estado, que es mucho decir. Y es que a falta de radio, poesía; a falta de televisión y cine, poesía; para matar el tiempo, poesía. ¿Me explico? Para los políticos inseguros, los cortesanos del poderlos solitarios, los tímidos enamorados y los pobres publicistas de frases enlatadas, el remedio es el mismo: poesía, la señora poesía que se levanta la falda todos los días.

¿Cómo está la poesía dominicana en comparación con la escrita en otros países de lengua española?

La poesía dominicana vista en el ámbito de la lengua castellana goza de muy buena salud, en el decir de muchos. En el decir de unos pocos padece por la ausencia de oxígeno y vitalidad creadora. Es cómoda, gratuita, repetitiva y no se inquieta en ensayar nuevas formas y procedimientos. Siento que se oxida con suma rapidez y se conforma con estar a la sombra de los discursos prestigiosos y de los nombres altisonantes que hacen las horas de cafeterías y tertulias. La crítica dice que está muy bien. Y los poetas del parnaso también repiten la especie, muy orondos, con sus poemas de bolsillo de sonoras  y aburridas profundidades.
Tomemos un ejemplo elocuente y por todos respetado: Franklyn Mieses Burgos. Pongamos su obra poética ante la de sus contemporáneos latinoamericanos: Pablo Neruda, Humberto Díaz Casanueva, Lezama Lima, Cintio Vitier, Enrique Molina, José María Eguren, César Moro, Carrera Andrade, Xavier Villaurrutia, Octavio Paz y tendremos su real dimensión. ¿Qué sucede entonces? Un sentimiento de pequeñez nos arropa que nos hace ver lo que somos en función de nuestra geografía, de nuestra pobreza, y no de la lengua que nos homologa y que posibilita que un poeta como Rubén Darío llegue al mundo en Nicaragua y no en la metrópolis. Seguro estoy que el paradigma no está en Franklin, con su séquito de serafines y arcángeles. Otros poemas, como Vlía, Yelidá, Rosa de tierra, representan caminos de mayor riqueza y sorpresas para los jóvenes poetas dominicanos.

¿Cuáles son los poetas jóvenes que están alzando el vuelo en RD?

Yo gusto mucho de lo que vienen haciendo los poetas de la generación del milenio, como los he bautizado.  El trabajo de Homero Pumarol, Juan Dicent, Frank Báez, Rita Indiana Hernández, Ariadna Vásquez Germán me crea mucha expectación por la fuerza liberadora de su propuesta estética que prescinde de presupuesto poético y de teorías amordazantes. Leerlos es recibir una bocanada de aire fresco aunque a los lejos se sientan los ecos de la Beat Generation y Black Mountain, que le quitaron a la poesía ese olor rancio a mirra y  alcanfor.
Tengo mucha fe en ese grupo de poetas bilingües, amantes del heavy metal y del cine underground, que han logrado matrimoniar tradición y eclosión callejera; los nombres del canon y las hambres del villano.
No incluyo a “los erranticistas” (donde aprecio mucho  talento)  pues literatura y oralidad no son sinónimos. Ambiciono leer sus textos que, como las muelas del gallo, brillan por ausentes.

Dicen que la poesía es un género casi extinto, una cultura de minorías. ¿Qué papel crees que puede jugar la poesía en nuestros días?

Mientras exista el hombre habrá poesía. La poesía realmente esta íntimamente vinculada a la naturaleza humana, es una necesidad del ser para alcanzar un equilibro con la existencia. Es un culto de minorías mayoritarias porque son las que hacen el sentir público aperturando los puentes de la pasión y el deseo. Poesía es revelación en el asombro; sorpresa en la cotidianidad. Es la fuerza responsable de producir ese luminoso temblor colectivo que generaliza y eterniza en la palabra la verdad de quienes somos.

Los poemas son fáciles de concebir en el sentido de que son muchos los que se pueden escribir al día, ¿cierto? O mejor dicho: ¿Cómo te llega la inspiración para hacer un poema?

 Hace poco, en Brasil, se me hizo una pregunta parecida y respondí que no he sido tocado por ángel alguno ni un favorecido del cielo. No, no tengo un momento, ni un método, ni se me presenta un duende que señale y determine “la inspiración” para escribir. No existe una fórmula para escribir poesía como tampoco nadie se gradúa de poeta. La poesía es un acto de lenguaje y lo determina la necesidad interior de abrir puertas a insospechados latidos.  Por eso yo escribo sin lugar específico y a cualquier hora y todo me sirve de escritorio en un aprendizaje infinito: el asiento de una guagua, de un tren, o de un avión; un banco en el parque, una avenida. Luego, el trabajo artesanal, de orfebrería, lo realizo en mi casa donde sí poncho tarjeta en mi mesa de trabajo. Allí le doy forma, corrijo, someto a rigor y pulimento esas cosas que de manera aleatoria la vida entrega y nos deja como ineludible presencia.
A veces me he sentido como un intérprete de ese dictado que muchos llaman inspiración, y que no es otra cosa que ceguera por exceso de luz: un oscuro escalofrío que necesariamente necesitamos compartir; entrar en diálogo con los demás (los hombres, la naturaleza, el mundo): un diálogo en el que nadie te invita a participar y donde por gravedad, sientes, el peso de una vocación participante.

¿Cuáles son tus autores favoritos? ¿Han influido estos en tu obra o en tu estilo poético?

La literatura es la culminación de un proceso y ese proceso la suma de lecturas que a lo largo la vida dan sentido a una obra, un estilo. Es la búsqueda de formas de la expresión que tipifican un carácter, una personalidad. Tras ese objetivo yo formé mi galería de héroes de circunstancias, que sumaron nuevas circunstancias, por lo que son muchos mis héroes.
En mi primera juventud leí a Pedro Mir: Lorca y Neruda reciclados. Leí a Mieses Burgos
y a los poetas sorprendidos donde hallé dos perlitas: Vlía y Rosa de Tierra y de esa misma época otra gema: Yelidá. Los Poemas de una sóla angustia de Incháustegui Cabral y un nutrido puñado de poemas de Manuel del Cabral equilibran la balanza. Ya haciendo vida universitaria conocí a  Rubén Darío (fundamental); César Vallejo, Huidobro, Lezama Lima, Octavio Paz (fundamentales). El conocimiento de este último marchó parejo con los poetas que él me sugería en sus ensayos y los que por mi cuenta iba sumando a ese conjunto de iluminados: Walt Whitman, Ezra Pound, T.S. Eliot, Wallace Stevens, Edgar Lee Master, Elizabeth Bishop, entre los norteamericanos. Leí también con mucho entusiasmo a Fernando Pessoa, Saint John Perse, René Char y Henri Michaux, Ives Bonnefoy, Jacques Roubaud. Claro está: te hablo de clásicos contemporáneos y a quienes más visité.

¿Crees que la poesía y la música tienen relación?

La poesía es música, la música no es poesía. El origen: común es a las dos; su desarrollo: pronto reclamó independencia. ¿Qué te diría? (Excúsame la paternidad de los versos): Pensar como hablar / ¿borrar? / La escritura: es la cicatriz del sonido.

¿Por qué muchos escritores ponderan la poesía como el género de los géneros?

Porque la poesía es la expresión más alta de la lengua; la que no aparece por mandato, ni decreto, ni mecánica per se; la que se oculta en la punta de la lengua: la otra, en largo y sostenido trabajo. En el poema no hay espacio para la novela, pero la novela  puede contener (y contiene) poesía en sus diversas manifestaciones. (“Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura”. (Eso es de Cortázar, en Rayuela, capítulo siete.) En otra dirección podemos ver el poema como espacio de reflexión indeterminada (Octavio Paz);  y, en sentido complementario, tenemos el ensayo que toca cielo por la magia y el encanto de sus atributos (el mismo Paz), de su predicamento. Y es que la poesía, al ser un artículo hecho con palabras, atraviesa la madeja de la sensibilidad y el pensamiento.

¿Qué tipo de ética surge entre lector y escritor?

La ética de la complicidad, la del desasosiego; la de esa llamita inquietadora que va de boca en boca construyendo su propio universo: un universo creado por el solista en dirección al coro y que, ya en coro convertido, despierta sus sonoras individualidades, su entramado de vasos comunicantes, para revivir y destapar a ese cómplice dormido que viene jalonando nuestra propia historia.

 

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