Eduardo Llanos Melussa es entrevistado por Alejandro Lafquén.

eduardo-llanosLlanos Melussa (Santiago de Chile, 1956) es un poeta con aficiones y obsesiones muy particulares, coleccionista de diccionarios y antologías, psicólogo en activo, crítico, antologador y un acucioso investigador de temas como el suicidio entre los poetas y como tema en la poesía.
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ENTREVISTA A EDUARDO LLANOS MELUSSA

Alejandro Lafquén

eduardo-llanosTras dos décadas desde la publicación del primer libro del psicólogo y poeta Eduardo Llanos Melussa, acaba de aparecer Antología Presunta (Editorial Fondo de Cultura Económica, 2003). Llanos ejerce la docencia y como tal obtuvo el Premio Fundación Mustakis al mejor docente de la Universidad Diego Portales en el año 2000. En 1983 publicó Contradiccionario. Partes de ese libro habían obtenido el primer premio en varios certámenes de poesía: Ariel (1978), Concurso Nacional de Literatura Juvenil (1978), Gabriela Mistral (1979), Juegos Florales de la Semana Valdiviana (1982). Tiene parcialmente publicado Disidencia en la tierra, volumen que -en entregas parciales y participando bajo pseudónimo- obtuvo el Premio Iberoamericano «Javiera Carrera» (1984), el Premio Latinoamericano «Rubén Darío» (Nicaragua, 1988) y el Premio Centenario de Gabriela Mistral (1989). Conserva inéditas varias otras obras. En 1995 publicó Porque escribí, antología crítica de Enrique Lihn preparada para la Editorial Fondo de Cultura Económica. Ha publicado además prólogos y estudios sobre Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Jorge Teillier, entre otros, y también algunos adelantos de un largo ensayo sobre los poetas suicidas desde los griegos hasta nuestros días.

Han pasado veinte años desde la publicación de su primer libro. ¿A qué se debe esta larga ausencia editorial? Se lo pregunto en el sentido de no haber publicado otro libro, porque en silencio no ha permanecido.

Creo que confluyeron factores múltiples. En primer lugar, Contradiccionario podría haberse publicado cinco años antes, en 1978, cuando bajo ese título un volumen de cuarenta y ocho poemas recibió el Premio Ariel para poetas inéditos, y esa misma semana otras dos selecciones más breves obtuvieron el primer y tercer premio en un certamen juvenil. O bien pudo publicarse al año siguiente, cuando Textos y pretextos -una selección de cuarenta poemas- recibió el primer premio Gabriela Mistral. Quiero decir que desde el comienzo fui remolón para publicar. En todo caso, esa reserva editorial era compartida por otros poetas amigos, como Alejandro Pérez y Sergio González, y también por algunos narradores, como Jaime Collyer o Marcelo Maturana. Todos habíamos decidido no publicar libros antes de cumplir veinticinco años, y de hecho jamás enviábamos volúmenes a concursos cuyo premio incluyera la publicación. Así que un primer factor clave es la opción consciente por el bajo perfil, para concentrarse en la creación propiamente tal. No queríamos figuración periodístico publicitaria, menos si era prematura.

Un segundo factor era la escena literaria, que me parecía muy confusa y contradictoria. Por ejemplo, tanto desde la dictadura como en la resistencia se notaba cierta ansiedad por descubrir nuevas figuras. Los que estábamos en una izquierda no militante -era el caso de Armando Rubio y Rodrigo Lira, por ejemplo- leíamos con suspicacia la crítica oficial, que a ratos tenía zigzagueos desconcertantes; pero también nos resistíamos visceralmente a disputar a codazos la delantera en el carrerón en pos del trono que Neruda dejó vacío. Era una carrera pedestre en los dos sentidos de la expresión, y tan penosa que un poeta del exilio habló de una «maratón de caracoles».

Pero una vez recuperada la democracia, la escena se tornó incluso más patética. A las jerarquías prematuras y las ambiciones delirantes se sumaron otros absurdos. Así que el ansiado espíritu crítico jamás llegó a ser el raudal que este Sahara cultural necesitaba, y sólo tomó la forma de un goteo que apenas permitía regar un par de maceteros. De paso, también se evaporó el espíritu de relativa fraternidad que respirábamos cuando nos oponíamos a la dictadura y anhelábamos un país auténticamente libre. Por último, a nivel internacional ocurrió más o menos lo mismo: la crítica, las revistas, las antologías, los premios se fueron empapando con el discurso justificatorio de la posmodernidad, un discurso que me parece un autoengaño pseudocreativo, una impostura o una frivolidad.

Definitivamente, nada de eso invitaba a publicar. Y si hoy lo hago es porque creo en ciertos gestos testimoniales, y porque sé que siempre hay lectores invisibles que no esperan del poeta aspavientos mediáticos ni coqueteos con los poderes o los antipoderes. Por otra parte, no se puede permanecer productivo e inédito indefinidamente, salvo que se quiera generar malentendidos o convertirse en un mito.

Sus trabajos han obtenido varios premios dentro y fuera de Chile. ¿Qué importancia le asigna a los premios en la vida de un poeta?

La importancia de los premios en la vida de un poeta -y de la cultura- depende de muchos factores. En primer lugar, los premios difieren bastante unos de otros: hay algunos muy serios, con jurados competentes, que leen a conciencia y emiten fallos razonados y transparentes, mientras que hay otros que parten mal ya con la designación del jurado. Además, los premios también varían mucho por la amplitud y la cantidad de convocados y, luego, según cómo difunden la obra ganadora. Por otra parte, la relevancia que le dé el propio poeta es igualmente variable. En mi caso, por ejemplo, me hizo feliz un premio como el «Ariel» de 1978, porque el jurado lo integró Jorge Teillier, que votó por Contradiccionario declarando expresamente que le parecía el de mejor nivel, aunque había otros envíos más próximos a su poética; sin embargo, le atribuí tan poca importancia a otros premios, que ni siquiera se mencionan en la contratapa de Contradiccionario, donde sólo se consignan algunos de ellos.

Hoy Internet permite acceder a las bases de más de 1500 ó 2000 premios anuales, que en su mayor parte se conceden en España. Pero, ¿de qué le sirve a una obra ganar premios internacionales cuando carece de rango siquiera provincial? Recordemos que ni Huidobro ni Vallejo ni Neruda necesitaron obtener premios para ser quienes fueron. En su juventud Nicanor Parra jamás ganó un premio internacional, y lo más probable es que ni siquiera haya concursado (aunque en Chile ganó los Juegos Florales de Valdivia y se impuso por partida triple en el concurso de la Sociedad de Escritores); pero, con o sin premios, Poemas y antipoemas es una obra indispensable en la poesía del siglo XX. Algo similar ocurre con Gonzalo Rojas: Contra la muerte, en mi opinión su mejor obra individual, obtuvo apenas una mención honrosa en el Concurso Casa de las Américas de 1964, aunque merecía de lejos el primer premio. Al año siguiente Lihn sí ganó el premio Casa de las Américas, pero con Poesía de paso, una obra inferior a La pieza oscura, publicada dos años antes.

En síntesis, creo que el valor objetivo y subjetivo de los premios depende mucho del contexto cultural y del momento en que el poeta lo recibe. Cuando George Bernard Shaw recibió el Nobel, casi a los setenta años, dijo que se sentía como un náufrago que recibe un salvavidas justo cuando ya va llegando a la playa.

En su antología recién editada encontramos una visión importante de parte de nuestra historia de las últimas décadas, e incluso más allá. ¿Es el poeta también un sostenedor de la conciencia social y la memoria de los pueblos?

Creo que un poeta debe estar a la altura de las circunstancias históricas; es decir, debe hacer su tarea de cara a la realidad, no rehuyéndola. Obviamente, eso no implica militar perpetuamente en la escuela del realismo. Una obra puede reflejar y aun contestar la realidad, transfigurándola de maneras muy variadas. La versatilidad me parece un indicador no sólo de talento, sino también de flexibilidad mental o incluso de salud espiritual. Me interesan poco los poetas que adhieren a credos o posturas dogmáticas o que se proponen programáticamente esto o lo otro. Un poeta genuino no debe imitar las tácticas de los ingenieros comerciales o de los expertos en planificación o en mercadotecnia; no se debe y no se puede hacer poesía con arreglo a una estrategia de posicionamiento para conquistar un nicho en el «mercado lector» o cierta imagen en los medios. Cuando uno se mira hacia adentro, descubre que las aguas interiores son muy diversas: unas más torrentosas, otras más mansas o escasas, unas límpidas, otras no tanto. Y la primera tarea de un poeta es respetar y cultivar dentro de sí la diversidad, asumiéndola incluso en sus aspectos menos gratos para el ego. En mi caso, un cierto yo es medio místico, pero al lado hay otro yo muy terrenal; hay una parte de mí proclive a la lírica, pero hay otra parte que adopta una distancia irónica por temor a incurrir en lo liricoide. Ninguna «personalidad» sana opera como un bloque, y personalmente agradezco eso como un don. Dejo que convivan en mí un lírico y un poeta social, un sonetista y un poeta experimental, un grave y un lúdico, un contestatario y un pacifista, un citadino y un amante de la naturaleza, un adulto irónico y un niño que no puede regresar a la infancia. Es decir, mi primera lealtad es con esa heterogeneidad interior, con esa «biodiversidad» silvestre. Y considero antiecológico conferir al ego el poder de reducir ese bosque interior a una exposición de bonsai. Por otro lado, si uno mismo comienza por reprimir, ¿cómo reclamar luego cuando la represión viene de afuera? Del mismo modo, si uno no cultiva la autoaceptación y no permite el diálogo interno entre yoes diversos, ¿cómo podría ser auténticamente dialogante con personas de carne y hueso?

Creo que lo más difícil de todo esto es comprender la necesidad del equilibrio, de una democratización interna, una suerte de ecología de la selva psicológica. Un balanceo activo entre los opuestos. Por ejemplo, es necesario asumir de una vez por todas que la poesía supone siempre cierto artificio, sin el cual no hay arte, y que, sin embargo, la poesía también supone cierta cuota de naturalidad o de espontaneidad, sin la cual no hay vida.

En uno de sus poemas un suplementero se pregunta: «cuál borracho delirante hizo el mundo».  A Chile, ¿quién cree que lo hizo? ¿Otro borracho delirante?

Ese poema se llama precisamente «Suplementero», y lo escribí a comienzo de febrero de 1978, después de deambular de madrugada por el Mercado Municipal de Santiago, junto a Jaime Collyer y Alfredo Molina, dos buenos amigos de la etapa universitaria. Recuerdo muy bien la atmósfera de opresión que sentíamos bajo dictadura. Yo había perdido el poco de fe que había alcanzado a experimentar en mi infancia. Nos rebelábamos contra la tiranía y sus mecanismos siniestros, pero de paso terminábamos sintiendo que el mundo entero era una pesadilla, no ya sólo el país. Y quizás ese fue uno de los aspectos más demoníacos de la dictadura: nos hacía descreer o desesperar de la utopía cristiana, que todos habíamos conocido en la infancia.

Pero debo decir que, por muy insatisfactorio que me parezca el país en varios sentidos, agradezco haber nacido en Chile. Claro que estar agradecido no implica estar feliz: me deprime la injusticia social; me abruma la chabacanería mediática; me agobian el autoengaño, la autocomplacencia, el oportunismo, la falta de criticismo genuino y el alud de resentimiento pseudocrítico que hoy arrasa a nuestra cultura. No queremos ver qué somos y cómo somos; por lo tanto, no estamos en condiciones de transformarnos.

Usted pertenece a una generación de poetas que se desarrolló al calor de la lucha contra la tiranía militar. ¿Cuál considera que es el legado poético y social de esa generación? ¿Qué importancia le asigna a ella en nuestra historia literaria?

Es muy difícil contestar a esa pregunta, porque falta la visión de conjunto. De hecho, nadie encontrará en bibliotecas ni en librerías siquiera una antología consultable de nuestra generación. Con todo, creo que nuestra hornada es al menos tan numerosa como la inmediatamente anterior, la de Floridor Pérez, Hahn, Silva Acevedo, Bertoni, Millán, etc. Y con ellos compartimos otro rasgo interesante, que parece estar perdiéndose: nos leíamos unos a otros y, aunque éramos críticos, manteníamos un vínculo respetuoso con las generaciones previas. Sumando y restando, creo que las generaciones de los sesenta y de los ochenta tienen un valor promedio bastante similar. Pero también creo que un juicio sereno sobre nuestra generación será tarea pendiente por varias décadas.

Usted además es psicólogo. Desde esa perspectiva, ¿cómo ve los actuales patrones culturales de nuestra sociedad? Se lo pregunto en el sentido de la modificación que éstos han sufrido al implantarse la sociedad de consumo y el llamado nuevo orden mundial.

Hace cincuenta años, Nicanor publicó Poemas y antipoemas, que incluye ese famoso texto titulado «Los vicios del mundo moderno». Hoy habría que escribir «Los vicios del mundo posmoderno». No son tiempos antipoéticos, sino apoéticos. La astucia también se está colando en las filas poéticas. Antes el creador era un animal indómito en rebeldía perpetua contra un sistema que procuraba domeñarlo, ya fuera reprimiéndolo o, al revés, sobornándolo o glorificándolo como pieza de museo. Hoy parece que ese forcejeo muchas veces no se da, porque el sistema ya no necesita neutralizar al creador: el propio creador opta por la «neutralidad» e internaliza el código de lo políticamente correcto. Y aunque puede haber una cuota de rebeldía, a menudo se observa más bien resentimiento o rabia mal digerida.

A futuro, ¿qué papel cree que debe jugar el pueblo ante la implantación de estos nuevos diseños socio-culturales?

Me temo que la palabra «pueblo» remite a una especie de espejismo, una variante del autoengaño político. La chabacanería televisiva y periodística tiene hipnotizada a casi toda la población. Parecemos una masa de sonámbulos caminando hacia el abismo. Te recuerdo algunos datos que atañen a la cultura, pero que provienen de investigaciones internacionales serias: el 80% de la población chilena no entiende lo que lee, literalmente hablando; la media de los gerentes chilenos tiene menos comprensión lectora que la media de los obreros alemanes o noruegos; los adolescentes argentinos manejan un vocabulario de 2500 palabras, mientras el léxico promedio de los jóvenes chilenos no pasa de los 750 vocablos. Todo Chile tiene menos librerías que la provincia argentina de Mendoza. Y podríamos seguir revisando otras áreas. Por ejemplo, más del 90% de los países del mundo tiene mejor redistribución de ingresos que Chile; o sea, estamos generando riqueza, pero esa riqueza se acumula en pocas manos y la desigualdad aumenta cada día. La educación y la salud son de una inequidad escandalosa. La droga está estragando a nuestra juventud e incluso ya está atrapando a los niños.

Así que la primera tarea de la población chilena es despertar, desenajenarse, cultivarse. Y creo que ningún partido o movimiento puede erigirse en guía que conducirá al pueblo a la desalienación como a la tierra prometida. Ese despertar incluye también madurar, ejercer responsablemente la propia libertad. Cada persona tiene que ir asumiendo la tarea de rehacerse cada día, de recomponerse como un todo, de re-unir sus fragmentos dispersos. Al mismo tiempo, ese recomposición interior debe armonizarse con la prioridad comunitaria y política de identificar el bien común para luego avanzar resueltamente hacia allá, asumiendo que en el camino tendremos que negociar y discutir mucho, pero sin desangrarnos mutuamente. Por lo tanto, tendremos que despejar las miradas para abarcar horizontes más amplios, de mediano y largo plazo; afinar los oídos para el diálogo y la cooperación; mejorar la calidad de los argumentos, liberar la imaginación, incrementar la paciencia y, en suma, entender que si es cierto que «la era está pariendo un corazón», como decía Silvio, la era también necesita que la ayudemos a pujar con todas sus células y con todos sus tejidos: cada persona individual, cada pareja, cada familia, cada sindicato, cada agrupación.

No soy un político y jamás lo he sido, y no creo en caminos trazados de antemano por minorías mesiánicas o manipuladoras; menos todavía creo en los caudillos o siquiera en los líderes. Más bien prefiero que cada uno empiece por liderarse a sí mismo, en una especie de religiosidad práctica: religar las partes dispersas para operar con más fuerza, más convicción y más eficacia en dirección al bien común. La organización de la comunidad será más fácil cuando la población esté mejor alimentada y sea más saludable, pero también cuando tenga más inteligencia, mejor instrucción y más ética; cuando haya más salud emocional y sexual, cuando más gente aspire a metas más nobles.

En términos operativos, creo que nuestra nueva utopía debe ser la educación permanente y multidimensional. No se trata sólo de superar la pobreza material; también debemos salir de la pobreza intelectual y espiritual en que estamos sumidos. Si Cristo volviera a la tierra, ya no azotaría a los mercaderes: incendiaría los diarios y los canales de televisión, o al menos organizaría una funa frente a las oficinas de sus dueños y sus ejecutivos, muchos de los cuales se dicen cristianos.

En Chile, a pesar de hablarse diariamente de democracia, aún persisten muchos miedos, censuras, desilusiones e injusticias. ¿Cómo ve la posibilidad de sanarnos de todo esto a corto plazo?

Para salir de esto requeriremos mucha fraternidad, mucha humildad, mucha honestidad, mucho pluralismo y una auténtica voluntad de orientarnos hacia el bien común. A estas alturas, creo que para afrontar esos desafíos la política aporta menos que lo que podría aportar una mística natural, una especie de religiosidad no dogmática, centrada en el amor y en la ética antes que en la gazmoñería y el ritualismo. Y en ese sentido la poesía auténtica puede aportar lo suyo: un imán valórico, espiritual y aun político, pero sin mesianismos ni demagogias. Es un tremendo desafío que nos interpela a todos y a cada uno.

«Chile, país de poetas»: ¿Mito o realidad?

Si cada país del mundo publicara una antología de unas seiscientas o mil páginas, incluyendo a sus cincuenta mejores poetas con sus textos más significativos, creo que la lectura global mostraría que Chile está entre los veinte países de mejor poesía en el siglo XX. Pero durante el siglo XIX nuestra poesía fue muy pobre, y durante la colonia fue insignificante. Y habrá que ver si en este nuevo siglo nos visitarán tantas musas como en el anterior. Ahora se publica bastante, incluyendo mamotretos de grandes dimensiones; sólo que en poesía la cantidad no garantiza nada, y más bien puede indicar que el licor fuerte de antes ya está quedando aguachento. Ojalá fuéramos más autocríticos.

La transición chilena: ¿Es un híbrido que nadie entiende o una escoba que ha pretendido barrer bajo la alfombra?

En términos globales y comparativos, creo que fue menos de lo que esperábamos. Ha habido mucho camaleonismo, porque los adversarios de antes terminaron coludidos por un interés común: casi todos preferirían que el pasado se archive y se olvide. Con todo, el balance no me parece tan sombrío como en otros países. La visión comparativa es indispensable para emitir juicios serios. Pero también me indigna que se pretenda barrer bajo la alfombra, como tú dices. Ante eso el poeta debe estar vigilante, pero recordando que al escritor la posteridad lo juzga por su obra, no por el espíritu cívico o la nobleza de sus declaraciones. Un pianista entrena sus dedos y su oído en el piano, no en las tribunas ni en las asambleas. Los tinglados políticos pueden ser también un espacio para el pianista o el poeta como invitados ocasionales, pero soñar con audiencias amplias casi siempre implica no haber profundizado en el oficio de poeta o haber confundido la vocación. Hay que tener claro que el oficio de poeta es de una orfandad indecible, así que requiere mucho estoicismo y la menor autocomplacencia posible.

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