Pilar Alanís

escritora duranguense de cepa, evoca encuentros con el narrador Rafael Ramírez Heredia, cuyo nombre lleva ahora el Premio Nacional de Novela Corta 2009; aquí, por supuesto, lo anunciamos.

 

 

 

 

Rafa Ramírez Heredia, El Rayo Macoy.

Pilar Alanís

 

Ramíres HerediaHabía llegado un poco tarde a la comida en casa de José Ángel Leyva y su esposa Begoña porque el avión en que regresaba de Mérida sufrió un retardo.

 

Entró radiante, como partiendo plaza en una imaginaria tarde de toros, una de sus confesas y muy evidentes pasiones; era domingo y ya estábamos adentrados en la plática y en los traguitos, los anfitriones, Hernán Lara Zavala- uno de sus poquísimos compadres hermanos- y su esposa Aída, Juan Ángel y yo y, por supuesto, la Conchis, su esposa y compañera por más de cuarenta años y, con toda certeza, la única y genuina pasión del Rayo. Las viandas, exquisitas, preparadas con sapiencia inusitada  por Begoña, que detrás del mar de gentilezas con que nos abrumó, supo disimular perfectamente bien su avanzado embarazo, que poco después se tradujo en un bello y sano retoño. Todos comimos pantagruelicamente y bebimos con largueza, celebrando sin descanso el encanto del Rayo narrando los pormenores de la presentación de su último libro de cuentos en la capital yucateca. Otra vez el Santo se presentó al público en una cantina emeritense de nombre (creo) El Lucero del Alba con el consiguiente escándalo que, a carcajada batiente, describía nuestro querido amigo.

 

La alegría, sin embargo, tenía algo de febril y electrizante. No era sólo la chispa contagiosa del Rayo contando la accidentada sesión cantinero-cultural y la polémica que desató entre las buenas conciencias de la tierra de los panuchos y los papadzules el inusitado evento que conjuntó democráticamente a parroquianos e intelectuales. No, la permanente eclosión de risas que acompañaba la sabrosa narración, encubría los ojos arrasados de lágrimas de los oyentes comensales que seguíamos profundamente conmovidos por la noticia que Rafa nos había deslizado como al desgaire; ese día, justo ese día, terminaba el largo y penoso tratamiento al que el Rayo se había sometido después de que su hermano, el oncólogo, le confirmara el diagnóstico inicial: el cáncer, ese maldito depredador de sueños, se le había alojado en una axila y era necesario atacarlo con decisión y a tiempo. Ese era, en realidad, el motor de aquella risa-llanto con la que envolvimos cálidamente a Rafa en aquella velada cargada de emoción y sentimiento.

 

Meses atrás, sin la sombra ominosa del padecimiento, los mismos invitados fuimos recibidos en el hogar de Conchis y Rafa para degustar la incomparable paella que aquélla prepara, más que como  producto de habilidades culinarias, como la resultante de un ritual bullanguero y festivo que nos premiaba con la delicia gastronómica  servida a la mesa por nuestra anfitriona, que no dejaba de aderezarla con dos que tres castizas palabrotas cuando alguien se atrevía a descomponer aquel manjar con el agregado de una salsa picante o algo por el estilo. En esa oportunidad, y en respuesta a los elogios que vertíamos por la atmósfera espeluznante que el genio del Rayo había recreado exitosamente en su novela La Mara, éste nos comentó: “Nada de genio, son rutinas de diez horas diarias crucificado de nalgas frente a la máquina de escribir. Nadie escribe desde la placidez. Es cierto que se escribe con placer, pero también con un gran dolor. Siempre me pongo muchos pretextos, cansancio, compromisos familiares y profesionales hasta que la historia que me ronda la cabeza y los personajes me cercan y eliminan las argucias que me impuse para desplazarlos”.

 

Antes le habíamos acompañado con un selecto círculo de afectos y amigos al bar del Polyforum Siqueiros, donde Jacobo Zabludovsky descubrió la caricatura retrato que el artista Carreño hizo de Rafael en la galería que lo emparentó con personajes como Octavio Paz, Gabriel García Márquez, Pedro Infante, Jorge Negrete, Leonora Carrington, María Félix, Dolores del Río y una pléyade de luminarias de la política, la cultura y las artes. Supe también de la parranda que en otra ocasión se corrieron José Ángel Leyva, Juan Ángel y él, en la famosa cantina coyoacanense La Guadalupana, esa que conserva en su mítico mural la figura gallarda del Rayo.

 

Finalmente, el cáncer nos lo arrebató traicioneramente el 24 de octubre de 2006. Mañana, 24 de noviembre, fecha en que Conchis y Rafa cumplirían 44 años de matrimonio (y, por cierto, cumpleaños de Juan Ángel), la Fundación Guadalupe y Pereyra, el IPN- alma mater de Rafa- y la revista de poesía que dirige Leyva, presentarán en Durango la convocatoria al Premio Nacional de Novela Corta Rafael Ramírez Heredia, que con un premio de 100, 000 pesos y la edición de la novela ganadora, rinde un modesto homenaje a la memoria entrañable de este tamaulipeco (por adopción) inolvidable que amó a Durango como a su tierra propia.

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